desde mi córner

Luis Carlos Peris

¿Quién es ahora el cliente mejor?

Le dice Di Stéfano a Cristiano que el público siempre tiene razón y así fue, pero no es seguro que así sea hoy

ESCUCHANDO cómo la autorizadísima voz de Alfredo di Stéfano se pone del lado del público en el contencioso que se trae con Cristiano, cualquiera podría refutarlo con un claro, como a él nunca le criticó el público del Bernabéu... Y es verdad que la Saeta habla desde el ventajismo de haber sido un preferido incondicional de cuantos se apiñaban en Chamartín para verle. El público siempre tiene razón ha dicho Di Stéfano y eso no quiere decir que sea enteramente verdad, ya que el público, todos los públicos, suelen convertirse en monstruos sin cabeza dispuestos a utilizar como arma arrojadiza el precio de la entrada.

Estaba ayer escuchando una de esas tertulias radiofónicas en las que todos hablan a la vez y en las que casi todos parecen descerebrados que dicen lo primero que se les viene al caletre; insisto en que escuchaba esas discusiones y, cómo no, Cristiano Ronaldo estaba, como todos los días, en el epicentro de todas. Además, como coincidía que el gran gurú le había dado por defender a ese público que no le acepta la pose al luso, sus innumerables poses de niño malcriado, pues ahí andaban con el tema. Mayormente para, como casi siempre, ponerle una vela a Dios y otra al Diablo y no enfadar ni a Di Stéfano ni al formidable futbolista portugués.

Y en esas estábamos cuando considerando las palabras de Di Stéfano llegué a la conclusión de que el público siempre tuvo razón cuando era el que sostenía el espectáculo. Era una extrapolación de la vieja conseja de que el cliente siempre tiene razón, pero es que ahora ¿quién es el cliente principal? ¿De quién, por ende, es la razón, toda la razón? Pues no sé si habrá que convenir en que como al público le han dejado las televisiones un rol tan nimio, quizá Cristiano pueda seguir haciendo de su capa un sayo para continuar mirando por encima del hombro a todo espectador que no esté de acuerdo con sus poses de engreído y de egoísta superlativo.

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