Plaza nueva

Luis Carlos Peris

De un bisiesto bienvenido

DENTRO de unas horas entraremos en un bisiesto, un nuevo bisiesto, con la carga que eso conlleva de inquietante. Y es que el bisiesto tiene mala fama y hasta pone de los nervios a los que creen en el haberlas, haylas. Ese personal que le hace ascos a pasar por debajo de una escalera, que se eriza de pies a cabeza cuando se le cruza un gato negro, que no pone los pies en la calle cuando el 13 de ese mes cae en martes o que ve unas tijeras abiertas y se ve venir lo peor; ese personal, insisto, suele acoger con inquietud y muchas reticencias un año como el que nacerá dentro de unas horas, ese año en que febrero aparece con un día más de lo habitual, que se conoce por bisiesto y que suele imaginarse con las astas ciertamente puntiagudas, con cuernos para el desasosiego y la cosa. Bueno, pues encaremos la cruda realidad, hagamos abstracción de su carácter presuntamente gafe, crucemos los dedos y recibámoslo a portagayola, que más se perdió en Cuba, madre no hay más que una y a ti, ¡ay! a ti, te encontré en la calle, bisiesto, so bisiesto, que eres un bisiesto.

Se nos va un año y con el año se me fue un puñado de amigos, señal inequívoca de que uno va ganando posiciones, mejor perdiendo, en el gran viaje vital. Demasiados amigos entrañables, prácticamente como hermanos algunos de ellos, se han quedado en el curso del año a pesar de que no fue bisiesto. Media docena de bajas en la agenda sentimental que hacen que se desee con todas las fuerzas que caiga de una vez este puñetero taco de almanaque. Demasiados tacos cayeron ya como para desear una caída más, pero han sido tantas y tan dolorosas las bajas que se trajo 2007 bajo el brazo que casi ni da grima pensar en que lo que viene es un bisiesto. Si no fuese porque en la vida no hay limitaciones para lo malo -hay quien no las tiene tampoco para lo bueno-, estaríamos esperando al bisiesto con los brazos abiertos porque peor de lo que discurrió nuestro apartado más sentimental...

Desde que la cuesta se nos hiciese imposible en enero con la marcha de Juanito Moya y la Semana Santa irrespirable con la de Manolo Ramírez, un chorreo de muerte fue la lluvia que ha ido cayendo sobre nuestros sentires. Como si el cicatero dios de esa lluvia tan necesaria y que sólo vino en oleadas traicioneras hubiese decidido cambiar el gozo por el llanto, se fueron demasiados amigos, casi todos coetáneos más uno que, con edad de hijo, cayó fulminado una noche de fútbol televisado. Y ni siquiera estas Navidades han pasado de vacío, que vino hasta en sobredosis para que los amigos auténticos fuesen aún menos de ahora en adelante. Por eso, cuando estamos a punto de llegar a la orilla de este puñetero año, casi se acoge con esperanza el que viene... por mucho que venga vestido de bisiesto.

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