Hoja de ruta

Ignacio / Martínez

El bueno, la fea y el malo

EL malo es Jean Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo. José Antonio Griñán apuntó contra él cuando dijo que el BCE no está acertando, que su política monetaria va a agravar la situación y no va a resolver la inflación. Se supone que es lo que piensa Solbes y no se atreve a decir en público. En todo caso, lo afirma uno de los pesos pesados del PSOE en materia económica. Sarkozy también sacude a su compatriota en el mismo flanco que el vicepresidente andaluz: el dinero caro responde al interés de Alemania y a su tradicional alergia a la inflación.

Como si estuviese oyendo lo que lo que se decía de él en Andalucía, el malo se defendió en Estrasburgo, en una comparecencia ante el Parlamento Europeo. "No hay contradicción entre garantizar la estabilidad de los precios en la Eurozona e impulsar el crecimiento y la creación de empleo", dijo Trichet ayer a los eurodiputados. Y el antecesor de Carlos Ocaña en Hacienda, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, actual gobernador del Banco de España, se convidó a la fiesta y anunció que la crisis va a ser más intensa, dolorosa y prolongada de lo que se creía. El comisario de Economía Joaquín Almunia ha definido a la inflación, la gran enemiga de Trichet, como un veneno económico que lo destroza todo. Es la fea de la película. Para combatirla el BCE está haciendo la política monetaria prusiana que lleva a cabo contra viento y marea.

En todo caso, Ocaña califica a la crisis de catarro. Aunque uno de los participantes en el foro sostuvo que ese resfriado podría acabar en neumonía. Pero el secretario de Estado defendió los sólidos cimientos de la economía nacional: un sector público saneado, el mejor tejido empresarial de la historia y un país que es el octavo mayor receptor de inversiones extranjeras del mundo. El bueno de esta historia aparece en escena enseguida: es el nuevo modelo de crecimiento español, que hay que inventar en esta coyuntura a base de rigor y altas dosis de I+D.

La mirada hacia el futuro que propuso Ocaña, con el estilo pausado, reflexivo y nada arriesgado de su jefe, el vicepresidente Solbes, está llena de sentido común y un cierto optimismo. Calcula que dentro de un año estaremos listos para despegar de la crisis. Él no ve tantas dificultades; reconoce que cuando dentro de unos días presenten las previsiones económicas las corregirán a la baja, por debajo del 2,3%, pero rechaza que España vaya a entrar en recesión.

Ocaña confía en un nuevo modelo de desarrollo, más diversificado y menos enganchado al monocultivo de la construcción. Y avisa que va a dejar la desgravación fiscal de la vivienda como está. Y también va a mantener los impuestos sobre los combustibles, porque si se abaratan se consumirá más y nos empobreceremos más, por culpa de una dependencia del petróleo del 60% como tiene España. En todo caso, el cornetín al que aludió Griñán en su presentación no toca a rebato, sino a austeridad. Es el momento de apretarse el cinturón.

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