RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

La cacería invisible

NO sabemos bien lo que sucede, en qué suerte de infierno panza arriba se comercia la realidad del día. Desaparece una niña y la sospecha es que ya no vuelva a aparecer. Luego este suceso se matiza, al conocerse el desenlace, y lo terrible se sube a las barbas sangrientas de la noticia como biografía, como apunte crucial de una familia que no podrá mirar hacia mañana sin una turbación de dolor frío. Antes, las fotos de la muchacha han sido un reclamo en cualquier parte, en las estaciones de autobuses de cualquier pueblo de Andalucía, y también en las calles de Madrid y de muchas otras ciudades españolas. Frente a la probabilidad de lo salvaje, ha habido una esperanza amarrada al enfoque de esa fotografía, de ese rostro suave apalancado a la vida, como si todas esas imágenes desparramadas por las cristaleras de las estaciones de tren de toda España fueran un reclamo frente al tiempo o la esperanza, acaso fragmentada en su definición. Ahora, ya sabemos que el novio ha confesado ser el autor culpable de este crimen, y su cuerpo se busca, mientras escribo esto, por los ramajes del Guadalquivir.

Esta misma mañana, mientras escuchaba en la radio las pesquisas de la Policía, que ahora ya sólo pueden aspirar a salvar del río al cuerpo, a rescatar el resto de una vida, me he topado con la fotografía de la cacería famosa y un escalofrío de cuchilla en las uñas me ha recorrido el cuello, hasta la nuca. De pronto, la imagen de los venados apilados y muertos, colocados en fila como una procesión de cadáveres recios que aún destilan vida, en los volúmenes y en las proporciones, en la postura intacta de la muerte, me ha parecido que podía imponerse a la mera disputa electoral, a la frivolidad con que tratamos todas las noticias añadidas. Sí, el juez Garzón aparece andando entre las piezas bien cazadas, cazadas o tiroteadas, desde un puesto en el monte que es la garantía de una ejecución. Puede ser que el encuentro entre Garzón y el ministro Bermejo en esta cacería fuera casual, puede ser incluso que no hablaran de los temas hinchados de Madrid, de la espina interior de una corrupción que puede reventar el erizo inflamado de la inmoralidad política, pero la soberbia del ministro en las declaraciones posteriores, como si él no fuera también la mujer del César, sino cualquier corista en vías de extensión, nos acercan también a esta actualidad de lunes turbio bajo la espuma herida de una desolación. Veo todos esos cuerpos de venados, arrancados al sol como a la vida, mientras los jerifaltes se pasean, soberbios, entre ellos, como ajenos a cualquier dolor, y veo, precisamente, un dolor terrible y visceral, un dolor que desgraciadamente es de este mundo. La cacería invisible ha comenzado.

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