Cambio de sentido

Carmen Camacho

"A la calle me salí..."

ASÍ arrancaba aquella soleá: echándose a la calle un desesperado. Y así estamos, en estos días de primera primavera, quienes habitamos las ciudades y los pueblos de Andalucía: en la viva calle, dejadas llevar por la calidez del aire, el trajín de las aceras, el azahar de canto, la luz a lo largo. Dicho sea con sumo cuidadito, desertada siempre del tipismo, como vivencia en punto.

Sobre esto mucho se ha dicho al bies, desde la filosofía, la economía y las exégesis del pensamiento político. En su Teoría de Andalucía, Ortega y Gasset definía así lo que denominó "ideal vegetativo": "El andaluz tiene un sentido vegetal de la existencia y vive con preferencia en su piel". "Goza de tener su follaje bajo el baño térmico del sol, de mecer sus ramas al venteo blando, de refrescar su médula con la lluvia pasajera". El filósofo no vinculó este deleite con una especie wu wei andaluz, sino con lo que llamó directamente "holgazanería": "La famosa holgazanería andaluza es precisamente la fórmula de su cultura […]. Podrá en el andaluz ser la pereza también un defecto y un vicio; pero, antes que vicio y defecto, es nada menos que su ideal de existencia". Los viajeros románticos -contaba a este diario la antropóloga Isabel González Turmo- se quejaban de que en Andalucía no se invitaba a las casas a comer; antes bien, el lucimiento de los señores era en las calles. Los análisis económicos de corte neoliberal continúan insinuando por lo bajo que las razones profundas del subdesarrollo de nuestra comunidad tienen que ver con la pereza y el estilo de vida, restándole así culpa a la estructura productiva, la desigualdad de renta y tierras, la anticuada cultura del presentismo -y absentismo- laboral, las redes clientelares y los quistes institucionales. Como si acaso dormir siesta escueta, comer y beber sin ansia, disfrutar con templanza o poblar las calles restara primor a la labor de cada cual. Todo lo contrario.

En mi pueblo natal aún existe la costumbre de limpiar la puerta de la calle. Sin ordenanzas, cada cual se hace cargo de las aceras. Nuestras calles, animadísimas en estos días, siguen siendo la prolongación pública de la casa. Reducir la calle a lugar de tránsito o consentir su continua y sutil privatización es en sí una derrota. Habitar las calles; ocupar, aquí o en París, pacíficamente las plazas si hay que decir no; vivir la ciudad como parte de nuestra cultura: he aquí la verdadera "universidad de la calle". Rechace imitaciones.

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