La ciudad y los días

carlos / colón

Las colonias de verano de Triana

QUE el Rocío es más que juerga lo demuestran tantas cosas que no hace falta justificarlo. Quien no lo vea es que no quiere verlo; y entonces es mejor callarse porque, como decía mi abuela María, el peor de los males es hablar con animales. Pero en este caluroso domingo de julio quiero recordar la iniciativa de las colonias de verano de la Hermandad del Rocío de Triana, que es sólo una entre las muchas obras caritativas que esta hermandad emprende. Y basta de esconder la caridad bajo el nombre de solidaridad como a veces hace el cristianismo acomplejado: la solidaridad -que está muy bien- es la adhesión circunstancial a la causa de otros; y la caridad -que está aún mejor- es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Es decir, el amor al prójimo como verificación de la autenticidad del amor a Dios: no cabe mayor exigencia. La romería dura una semana pero la acción caritativa del Rocío de Triana dura todo el año, con logros tan admirables como el Proyecto Rebeca del que nació la Residencia de Adultos y Centro Ocupacional Rocío de Triana que atiende de forma integral a personas con discapacidad intelectual, sobre todo en su edad adulta.

Todos los veranos, y así hace 40 años, los hermanos de Triana dedican sus vacaciones a convertir la Casa Hermandad en el Rocío en la de más 160 niños que provienen de entornos problemáticos o afectados por carencias. Durante 15 días 40 hermanos monitores -que ponen las fechas de sus vacaciones en función de este servicio- los llevan a la playa (alguno ve el mar por primera vez), realizan talleres, organizan excursiones a lugares de interés histórico, montan obras de teatro y les muestran formas positivas de convivencia. Por supuesto visitan la Ermita para conocer a esa hermosa, sabia y sonriente mujer que fue esposa de un carpintero y madre de un proscrito. No para imponerles nada, sino para mostrarles una hermosura que abre puertas a esa única vida digna que el Papa ha definido en una frase que pueden compartir creyentes y no creyentes: "Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien". A lo mejor, quien sabe, esos 15 días -que se prolongan en un contacto anual- ayuda a los chavales a tener un mejor concepto de ellos mismos y de los otros, abriéndoles la posibilidad de vivir con esa dignidad que, una vez descubierta, nada ni nadie podrá arrebatarles.

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