Ojo de pez

pablo Bujalance

L a conciencia fiscal

AFIRMABA ayer domingo en este diario el delegado de la Agencia Tributaria en Andalucía, Ceuta y Melilla, Alberto García, lo siguiente: "El elemento más eficaz contra el fraude es la cimentación de una correcta conciencia fiscal". Acabáramos: va a resultar que Kant tenía razón y que la autonomía moral es siempre preferible a la sanción. Es evidente que si todos los declarantes tuvieran una conciencia firme no habría fraude, y que si cundiera la ética y la atención al otro como normativa común no habría que multiplicar las inspecciones para lograr un aumento del 5% de la recaudación en un año. El problema es que la política no se ha mostrado precisamente dispuesta a fomentar la cultural fiscal entre los ciudadanos: decisiones como la subida del IVA y la amnistía de marras van justo en la dirección contraria, y por ahora están lejos de alcanzar los resultados esperados. Además, es evidente que un país con una tasa de paro como la de España se iría al garete sin una economía sumergida que sostuviera a muchas familias. Así que me temo que para esto de la conciencia ya llegamos un poco tarde.

No deja de resultar significativa, sin embargo, la apelación a la conciencia cuando la ruina es inminente. Al ciudadano se le pide que sea honesto en su declaración, que no consuma inmaduros, que recicle la basura, que no fume en lugares públicos y que si bebe, no conduzca. Es decir, se le pide que ejerza, precisamente, de ciudadano. Pero dado que la mera sugestión no surte efecto, lo que ocurre después es la inevitable multa, cada vez más escrupulosa. La dolorosa viene a equilibrar los desajustes que la conciencia adormecida provoca, y así vamos, puerta por puerta, contrato a contrato, con la sospecha razonable de que detrás de cualquier operación económica puede ocultarse la trampa. No hay manera de que la ciudadanía cobre aquí conciencia de sí misma.

De modo que sí, en Andalucía, como en el resto de España, existe un problema de cultura cívica. El ciudadano no tiene conciencia de sí mismo porque en realidad nadie ha puesto aquí sobre la mesa en qué consiste su responsabilidad. Lo más fácil ha sido que los que mandan se hagan cargo de todo, recomienden al hijo de tal amigo para tal puesto y gobiernen el cortijo según su parecer. Si se quieren ciudadanos conscientes (milagro: parece que la solución a la crisis vendrá por ahí), tal vez lo mejor sería implicarlos en la gestión de los pueblos y las ciudades. Muchos están dispuestos, no crean. Alguien tendrá que arreglar este desastre.

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