El análisis

Joaquín / Aurioles / Profesor De La Universidad / De Málaga

La crisis alimentaria

El alza de los precios y el auge de la demanda en los países emergentes complican la supervivencia de millones de personas

MUCHOS países en desarrollo se han beneficiado del espectacular comportamiento de los precios en algunos mercados de productos básicos como los metales, las primeras materias energéticas y algunos alimentos como el arroz, el maíz o el trigo. No existen antecedentes de una evolución de los precios relativos tan favorable a productos no manufacturados y esto ayuda a entender que las mayores contribuciones al crecimiento de la economía mundial procedan precisamente de estos países, a pesar de la crisis internacional. A principios de año, el fondo Monetario Internacional reducía sus previsiones de crecimiento económico mundial desde el 4,9% al 4,1%, pero manteniendo que las economías más dinámicas seguirían estando en el Lejano Oriente (8,6%), en la Comunidad de Estados Independientes y en el continente africano (un 7% en ambos casos). No se trata de un dato aislado, sino más bien de una regularidad que lleva camino de convertirse en el fenómeno de mayor trascendencia de la economía del nuevo siglo, incluso por encima de las turbulencias financieras. Me refiero al espectacular crecimiento económico en el tercer mundo y al cambio radical en el mapa de la producción, en el que los espacios vacíos que va dejando el progresivo adelgazamiento relativo de las economías desarrolladas son inmediatamente ocupados por las emergentes. Se justificaba de esta manera un cierto optimismo en que el primero de los Objetivos del Milenio, la erradicación de la pobreza extrema en el mundo y su reducción a la mitad en 2015, pudiera alcanzarse al menos parcialmente. El proceso, sin embargo, se ha detenido bruscamente debido al alza en los precios de los productos alimenticios que, según la FAO, se habrían encarecido en un 45% desde el pasado verano, con un máximo en diciembre que provocó el encendido de todas las alarmas.

Lo que más ha subido han sido los productos lácteos y los aceites y grasas vegetales, pero lo que puede terminar provocando una crisis humanitaria de consecuencias difíciles de prever es el aumento del precio de los cereales en un 40% durante 2007 y las previsiones de seguir creciendo hasta 2015, a pesar de que para 2008 se anuncian cosechas sin precedentes en algunos cultivos como el arroz. La razón estriba en que, de repente, empeora la situación de los 1.000 millones de personas viven con menos de un dólar diario, es decir, en extrema pobreza, y que tienen en el arroz, el trigo o el maíz su fuente básica e insustituible de alimentación. Además se comienza a considerar que, con estos precios, quizás haya que ampliar la lista de la pobreza extrema con otros 1.800 millones de personas con ingresos diarios inferiores a los 2 dólares, lo que eleva el problema a cifras absolutamente desconcertantes, pero que vienen a resumirse en que la amenaza de crisis alimentaria planea sobre el 40% de la población del planeta.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? El FMI, el Banco Mundial, la FAO el PNUD y otros organismos de Naciones Unidas no paran de mover fichas para intentar afrontar un problema que tiene difícil solución.

Entre las principales razones que se esgrimen en los foros que incansablemente se repiten por todo el mundo, destaca la competencia de los biocombustibles, es decir, la producción de etanol y biodiésel a partir de maíz, caña de azúcar, aceites vegetales y otros cereales. Buena parte de las críticas se dirigen a EEUU, donde se estima que la cuarta parte de la cosecha de maíz de 2007 se destinó a la producción de gasolinas, aunque ello no significase más que un modesto 1% de ahorro en el consumo de petróleo, aunque hay otras razones de mucho peso, como la sequía y la irregularidad climática de los últimos años, junto algunos desastres naturales que han afectado a las principales zonas productoras de algunos alimentos básicos, como el arroz. Además, está el encarecimiento de los fertilizantes y los fitosanitarios, en buena medida por el encarecimiento del petróleo, así como los costes de transporte.

También se denuncian comportamientos especulativos en torno al maíz, la soja y el arroz, similar al que ya es habitual con el petróleo y algunos minerales como el cobre, y los obstáculos que mantienen algunos gobiernos para la exportación e importación de alimentos. Pero lo más chocante de todo es que una parte importante de la subida en el precio de los alimentos se debe a la demanda creciente de los países del tercer mundo, cuya reciente prosperidad está permitiendo resultados muy positivos en términos de erradicación de la pobreza. Da la impresión de que a todos nos ha cogido por sorpresa y que nadie esperaba que la superación de la pobreza extrema pudiera convertirse en una de las principales amenazas para la supervivencia del resto de los pobres.

Entre las cosas que se van aprendiendo de esta crisis está, por un lado, que la vitalidad de los mercados de bienes básicos proporciona una oportunidad de desarrollo a los países más pobres y con economías basadas en la explotación de sus recursos naturales, pero siempre que se cumpla una condición: que sean capaces de producir más de lo que consumen. Por otro lado, nunca como ahora tuvo tanto sentido la revolución verde que postula Jeffrey Sachs, es decir, el compromiso internacional para el desarrollo agrario y ganadero del continente africano.

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