La tribuna

manuel Ruiz Zamora

La desfachatez totalitaria

EL sociólogo Ignacio Sánchez Cuenca ha publicado un libelo que con el provocativo título La desfachatez intelectual aspira, según confiesa el propio autor, a denunciar el ínfimo nivel del debate político en nuestro país. A tal efecto, ha reunido un profuso muestrario de citas virtualmente indefendibles entresacadas de artículos y declaraciones de algunos de nuestros intelectuales de mayor prestigio. Mucho antes que Sánchez Cuenca, ya algunos eminentes pensadores europeos, como Julien Benda o Raymond Aron, se habían cuestionado el papel del intelectual en el debate público, si bien con una importante diferencia: mientras estos últimos lo hacían desde una sólida fundamentación filosófica, nuestro sociólogo despliega una metodología tan pedestre como poco demostrativa: si nos atenemos a los desatinos incidentales que es posible descubrir incluso en los más eximios representantes de la historia del pensamiento, podríamos inhabilitar toda la reflexión política desde los griegos hasta nuestros días.

Aunque hay quienes han puesto de relieve otras muchas deficiencias en el libro de Sánchez Cuenca (citas descontextualizadas, argumentos ad hominen, descarado sesgo ideológico, etc), creo que no se ha destacado suficientemente un aspecto bastante más significativo desde un punto de vista político, y que lo relaciona con ciertas formas de intransigencia que se están desarrollando a la sombra del árbol cada vez más frondoso del populismo: la pretensión de someter a controles y restricciones a todas aquellas opiniones que no se ajusten a unos parámetros pretendidamente "científicos". El análisis político, según el autor, "requiere algo de destreza literaria, pero exige sobre todo unas ciertas capacidades que no guardan necesariamente relación con el mundo de la ficción: entender los intereses en juego, las limitaciones con las que operan los actores políticos, las estrategias, los valores ideológicos, saber lo que se ha hecho en otros países, confiar en los hechos y no en las percepciones, etcétera".

Independientemente de que algunos de los escritores más vilipendiados en el libro, como Félix de Azúa o Fernando Savater, no proceden del ámbito de la ficción, sino del pensamiento filosófico, padre de todas las grandes creaciones en teoría política, un somero recorrido por la historia del debate periodístico (los artículos de San Carlos Marx, por ejemplo) nos demostraría, no sólo que la estridencia y la ligereza lo han acompañado desde sus inicios, sino que, hasta cierto punto, constituyen una parte ineludible del mismo. La solución que ofrece Sánchez Cuenca no puede considerarse demasiado imaginativa, aunque, desde luego, es expeditiva en grado sumo: "Creo que en ocasiones -declara a un diario- existe una falta de control por parte de quienes están al frente de las secciones de opinión. Si yo tuviera esa responsabilidad y leyera alguna barbaridad, me replantearía la relación con el articulista de turno, por muchos años que éste lleve en el diario".

Sea como fuere, La desfachatez intelectual no sería sino una intrascendente golondrina huérfana de todo verano si no fuera porque sus transparentes pretensiones de supervisión y control de las opiniones que se vierten en los medios coinciden milimétricamente con las que están proclamando, cada vez con menos inhibiciones, los dirigentes más destacados del populismo. El líder de Podemos, tomando como referencia las medidas que, en tal sentido, se han tomado en países como Ecuador, Argentina y Venezuela, no ha escondido en ningún momento su voluntad de que los medios de comunicación tengan que someterse a algún tipo de escrutinio, nunca definido en sus detalles, por parte del poder político. Pero va más allá: "la mera existencia de medios privados -ha declarado- ataca a la libertad de expresión". La consecuencia de semejante premisa cae por su propio peso: la última propuesta de su partido incide de nuevo en "limitar la propiedad de los medios".

Que una de las principales exigencias de este político, curiosamente encumbrado por ciertos poderes mediáticos, haya sido exigir, en las últimas negociaciones para formar gobierno, el control del ente público, entra dentro de esa lógica, tan perversa como antidemocrática, que aspira al control de la información como forma de dominio. "Quien controla el presente -nos dice Orwell en 1984- controla el pasado. Y quien controla el pasado controlará el futuro". El primer paso para ello es expurgar de las tribunas públicas todas aquellas voces que desentonen con el patrón establecido. Desde Aristóteles, no obstante, sabemos que la reflexión política tiene más que ver con el arte que con un tipo de metodología estrictamente científica, de la misma forma que también sabemos, por experiencia histórica, que la pretensión de limitar las intervenciones en la tribuna pública a un círculo de expresiones autorizadas (¿por quién y para qué?) no es sino uno de los expedientes de los que se ha servido siempre la forma de desfachatez más obscena y peligrosa: la totalitaria.

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