el periscopio

José / Ignacio / Rufino

Los dogmas vigentes

LOS genios tienen una capacidad que es común a todos ellos: piensan de manera divergente, algo así como pensar libremente y no necesariamente a favor de la corriente. El producto principal de esta forma de pensar es la idea original... y valiosa. No se trata de copiar ideas valiosas de otros y repetirlas, ni tampoco de ser presa de la adicción a las ideas originales a toda costa -normalmente ideas que son tan propias como sin valor- que suele acompañar a personas con necesidad de gustar (o disgustar) para llamar la atención. Aunque los más valiosos suelen hacer gala de ideas propias, no hace falta ser un genio para pensar divergentemente, pero sí hace falta valentía, ya que suele funcionar, desde la niñez, aquello que decía George Brassens: "No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe". Los raros (estadísticamente, los que no siguen la pauta normal) pueden serlo de fábrica, pero en muchos casos se los convierte en raros a base de decírselo y reforzarles la rareza. La dispersión, la falta de atención y la hiperactividad ayudan a mermar el rendimiento escolar, produciéndose la perversión de que cuanto más renta (y ipads, internet, ipods, whatssap, stream, canales) tenga el niño, menos se puede adaptar al sistema tradicional de estudio. Ken Robinson (Changing Paradigms, en RSA Animation, pueden verlo en Youtube) hablaba de estos asuntos hace un año, y no puede dejar uno de extrapolarlos a la sísmica situación económica de hoy.

Cuando la crisis no estalló en las manos, la mayoría de las voces se alzaron en contra de la metástasis de la economía financiera y su desmedido poder de destrucción. Un fugaz brote de keynesianismo que pedía mayor control instituicional de la economía fue abortado, porque dinero no había para políticas de estímulos: los dineros que había y los que no había se dedicaron a salvar bancos (todavía hay quien niega que se hayan salvado bancos uno tras otro en toda Europa). Surgió, y señorea, como pensamiento único -contra la que no parecía caber más alternativa que la revolución- el dogma de la reducción inexcusable del déficit público mediante recortes radicales en los gastos. En esto, también había una dualidad ideológica: un núcleo duro liberal-orotodoxo con estudios que no mostraba fisura alguna en la convicción de adelgazar y adelgazar para sanar, sin plantearse políticas de estímulo algunas más que testimonialmente. Los analistas disidentes o periféricos -entre ellos, dos economistas premio Nobel a quienes se les discute el sentido común desde el otro bando: Krugman y Stiglitz- tenían poca resonancia política, salvo, curiosamente, en Estados Unidos. La globalización no ha eliminado aquella máxima cuartelaria: "No pienses, que ya pienso yo por ti". Más bien la ha reforzado en la práctica.

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