EN octubre de 2004, me desplacé a Madrid para entrevistar a Ferrero y Nadal con motivo de la final de Copa Davis que, apenas un mes y medio más tarde, ganaría España a Estados Unidos en Sevilla. Entonces, Nadal era un imberbe que, en el restaurante privado de los jugadores, sentado junto a Albert Costa y Juan Carlos Ferrero, parecía el becario de la mesa. Rendía los honores a los mayores, escuchaba callado lo que los demás conversaban. Asumía su rol con sencillez.

Pero cuando salía a la escena pública y se codeaba con periodistas y aficionados, el balear era inmediatamente envuelto en una burbuja protectora. En el mundillo de la raqueta, todos sabían que aquel jovencito, que con 15 años ya había ganado su primer partido de la ATP, estaba predestinado a lo más alto. Y por ello, la sobreprotección era brutal: tuve que remover Roma con Santiago para conseguir una entrevista de cinco minutos, que al final fueron quince.

Nadal estaba entonces en la rampa de lanzamiento. En agosto de ese 2004, con 18 años y dos meses, había ganado su primer torneo de la ATP, en Sopot. Y su entorno no quería dar puntada sin hilo. Era el predestinado, y nada ni nadie podía descentrarlo, desviarlo de un camino que pronto estaría pavimentado de ladrillos de oro.

Con el tiempo, cuando hoy lunes se ha consumado que este chaval de 22 años es ya el mejor del mundo, uno no puede evitar cierta sonrisa ante esa exagerada e innecesaria burbuja protectora: Nadal llegó a la Villa Olímpica y se sumergió en el baño de masas. Siempre sencillo, atento a todos los que le idolatran, como no se cansan de repetir los atletas que le han pedido un autógrafo. ¿Para qué tanta protección? Es Nadal. Es el elegido de los dioses.

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