Desde mi córner

Luis Carlos Peris

La fidelidad viste de verde

El beticismo está dando el enésimo ejemplo de sumisión al rebufo de dos fichajes y de un rosario de promesas

PARECE que ese sentimiento tan singular que es el beticismo se reactiva y bien que se demostraba en el reencuentro de la gente con su equipo antier por la tarde. Qué fidelidad la del bético, cómo se viene arriba en cuanto ve un motivo de felicidad. Es más, da la impresión de que aunque no lo haya, él, el bético, lo encuentra no se sabe de qué manera, pero lo encuentra, vamos que si lo encuentra. Expectante con la ola de rumores que tienen a Jabugo, calle del Fontanal, de epicentro, al bético le basta con un par de fichajes y un rosario de promesas para, como en una especie de síndrome de Estocolmo, entregarse a su manijero.

Efectivamente, harto de estar harto, al bético sólo le preocupa que el equipo gane y que se haga respetar, que tenga alguna posibilidad de ganarle al eterno rival y, por supuesto, que su imagen no sea motivo de chanza en telediarios, ondas nocturnas, demás parientes y afectos. El bético se abruma con las payasadas nocturnas y con las astracanadas a cualquier hora del día, le duele el Betis y se aflige con la forma en que lo manejan. Luego, cuando, como ahora, ve que las cosas no van a cambiar, pues hace abstracción de esos problemas y se alboroza ante la llegada de algunos futbolistas que sí parece que merecen la pena y no lo fichado tras ganar la Copa del Rey.

Teniendo asumido, al menos por mi parte, que hay Lopera para rato y mientras no varíe el rumbo de los acontecimientos, pues a entregarse al equipo como si con esos dos fichajes fuese ese equipo a cumplir con lo que debiera ser su objetivo, pasearse por la categoría. También ayuda a ese estado de cosas la forma en que Chaparro parece entregado al hombre que le ha puesto y que puede quitarlo. Dice que Lopera ha de seguir hasta que ambos ganen la Liga, a lo que Lopera contesta que como gane la Liga no se va ni con agua caliente, o sea, como ahora. Y la prueba es que tanto parecía que la Copa la ganó él solito que todo el tiempo estuvo en Jabugo, calle del Fontanal.

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