Crónica personal

Pilar Cernuda

Al fin, dimisión

TENÍA que haberlo hecho antes, para no hacer tanto daño al "magnífico Gobierno" y al "ilusionante proyecto socialista". Tenía que haberse ido antes, pero en el carácter de Fernández Bermejo, que estas dos últimas semanas ha aparecido en su peor aspecto, no está el dimitir cuando se cometen errores muy graves. Tenía que haberse ido antes de colocar al presidente en una situación imposible, antes de sumar declaraciones de dirigentes socialistas en su contra, empezando por Jerónimo Saavedra y siguiendo por José Bono, que un par de horas antes de que el ministro anunciara su dimisión criticaba abiertamente su actitud.

Su salida tenía que haberse producido antes. Por dimisión o por cese. Si hay situaciones en las que un presidente de Gobierno tiene que tomar decisiones tajantes ésta era una de ellas. Pero Zapatero no quiso hacerlo y en ese pecado llevará su penitencia, porque el presidente no sale bien parado de esta historia. No puede quedarse cruzado de brazos cuando el titular de Justicia, de Justicia, acude a una cacería en la que se encuentra un polémico juez que en esos días está trabajando de forma muy activa contra el principal partido de la oposición a través de una instrucción que provoca sensación de parcialidad; ni puede quedarse cruzado de brazos cuando se demuestra que el ministro faltó a la verdad cuando dijo que sólo habían coincidido y luego se sabe que cenaron juntos, acompañados del jefe de la Policía Judicial y de una fiscal adscrita al juzgado de Garzón; no puede quedarse de brazos cuando se sabe que el ministro de Justicia se dejó invitar, que pagó su puesto un empresario, y cuando el propio Bermejo admite que por participar en la cacería a la que no había sido invitado pagó mil euros, lo que se acepta mal en tiempos de crisis grave, aparte de que esa cantidad no la cree nadie. Y no puede quedarse de brazos cuando, encima, salta la noticia de que el ministro no tenía licencia para cazar en Andalucía, ni cruzarse de brazos cuando, en lugar de pedir disculpas, Bermejo dice que no se dio cuenta de que estaba en Andalucía.

Bermejo dimite porque no le cesaron, que es lo que tenía que haber ocurrido. Dimite porque era un clamor entre los socialistas que tenía que marcharse a casa y dimite porque ya no encontraba apoyos, sólo silencios. Y dimite porque entre sus compañeros socialistas el rechazo empezaba a ser perfectamente perceptible, con comentarios en algunos casos muy hirientes, como por ejemplo que jamás arriesgó nada en tiempos de Franco y que vivía muy a gusto en Arenas de San Pedro mientras aquellos socialistas a los que ahora considera caducos se jugaban el tipo activamente contra la dictadura.

No se trata de hacer leña del árbol caído, pero Bermejo no pasará precisamente a la historia.

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