FELIPE VI certificará hoy, salvo un milagroso cambio de última hora en el que absolutamente nadie confía, el mayor fracaso político de la historia de la democracia española. El Rey se reunirá en la Zarzuela con los líderes de los partidos políticos que obtuvieron la mayor representación en las elecciones del pasado 20 de diciembre, después de haber iniciado ayer la tercera ronda de contactos con los representantes de las fuerzas parlamentarias. Nunca antes desde que en 1977 se inició tras la dictadura el sistema de libertades en el que vivimos habíamos asistido al triste espectáculo de ver cómo los intereses de partido -a veces, incluso, los personales- se anteponían a los generales y se agotaban los plazos constitucionales sin que hubiera un acuerdo para formar un Gobierno mínimamente estable. El pueblo español decidió en las urnas romper el esquema bipartidista con el que se había funcionado en las tres últimas décadas. El sistema había sufrido un desgaste insoportable debido a la gestión de la crisis económica iniciada en 2008 y a la aparición de una larga serie de casos de corrupción que afectaron a los dos grandes partidos. La ciudadanía lanzó un mandato claro en las elecciones de hace cuatro meses: para fortalecer institucionalmente la democracia española había que jugar en un terreno en el que ya no iban a ser sólo dos ni concebibles las mayorías absolutas, y había, por tanto, que buscar acuerdos para sumar mayorías cualificadas. Pero los líderes políticos surgidos de esas elecciones no han sido capaces de cumplir la exigencia ciudadana. Sólo a ellos cabe atribuir la responsabilidad de una situación que ha causado graves perjuicios al país, tanto desde el punto de vista social como desde el económico, en unos momentos en los que las perspectivas de recuperación hacían albergar esperanzas de que la situación mejorase rápidamente. En este proceso el Rey ha cumplido desde el primer momento con su función constitucional, y nada cabe reprocharle; la sociedad, en su conjunto, también ha estado a la altura, demostrando una enorme madurez y una más que considerable paciencia. Han sido los políticos los que se han manejado con una enorme torpeza y no han sabido cumplir con su deber. Ni los más veteranos, como el presidente del Gobierno, ni los más jóvenes que se estrenaban en estas lides. La llegada a la escena nacional de las que se dieron en llamar fuerzas emergentes no ha podido ser más desafortunada, en especial la de Podemos, que ha hecho alarde de sectarismo e incompetencia. De cara a lo que viene en los próximos meses conviene dejar muy claro que no han fracasado los ciudadanos ni la política. Y que sí lo han hecho los políticos.

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