La ventana

Luis Carlos Peris

El fuego, sin respeto a la leyenda

DESDE allí se le veía el lomo a los pájaros y en aquellas alturas, un huertecillo era cultivado por unas manos que hacían de la verónica y el trincherazo maravillas sedosas. Era el refugio donde un Faraón alimentaba su leyenda un invierno tras otro mediante el viejo recurso de no dejar que te toquen la solapa. Allí en Elviria, con Marbella a sus pies, los inviernos de ese dios laico transcurrían entre labores de labranza y laboreo entre animales de granja que le retrotraían a su tiempo de porquero en Gambogaz. Labores que le entretenían y le tenían alejado del barullo y de una parafernalia a la que nunca se habituó para que cada Domingo de Resurrección reapareciese por calle Iris de verde y oro y con la gente loca por tocarle los alamares. Hace años le vendió ese edén a Julio Iglesias y ahora ha quedado medio arrasado por ese fuego que no ha respetado el templo donde enraizó una leyenda extraordinaria.

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