La ciudad y los días

La gorda, una ensoñación

LA gorda se metió en el agua como una náyade harta de potajes. No escribo gorda despectivamente. Primero porque quien me conoce sabe que si fuera un personaje de El Jabato no sería Fideo de Mileto. Y después porque la gorda a la que refiero era muy joven, guapa, de carnes apretadas y estallante piel morena. Además algunos gordos, como Orson Welles, están tocados por la gracia de parecer, no obesos, sino elegantemente monumentales. Y esta chica, a la que de momento embellecía su prieta juventud, prometía monumentales maneras de matrona cuando alcanzara la madurez.

Viéndola parecían necias las sabias advertencias de los doctores, se añoraban los tiempos felices e inocentes en los que la gordura era señal de salud y se soñaban veraniegos prados verde esmeralda de tiernos pimientos fritos con mesetas de tortilla de patatas; inviernos de potajes con tocino entreverado, prieto chorizo de magro y costillas con más carne que hueso; otoños de pestiños y tempranos atardeceres con olor al café de media tarde, y patrióticas primaveras rojo tomate y gualda bacalao, perfumadas con vino y miel de torrijas. Todo en ella revivía los tiempos en que comer no era laico pecado contra la salud.

Será porque me recordaba a una tía abuela que parecía una reina hawaiana cuando sentaba a la mesa su mole enlutada y comía con la lentitud propia de las gentes antiguas de pueblo y con el regusto de quien ha pasado hambre: quienes nacimos a principios de los años 50 conocimos ese carpantismo que soñaba pollos, jamones y ristras de chorizos; esa alegría de las alacenas llenas y de los puestos de los mercados rebosantes de cosas que, por fin, podían comprarse sin las restricciones de la cartilla de racionamiento que se quitó el año que nací yo; ese ponerse frente a una mesa repleta y a un plato rebosante como si poder comer hasta hartarse fuera un milagro diariamente renovado, tan honda memoria dejaron las hambres de la guerra y las hambrunas de la posguerra. O será, quien sabe, porque me recordaba a la robusta Pomona, la diosa romana de la abundancia de frutas y verduras, que adornaba el muro trasero del mercado (que en paz descanse) de la Encarnación (que santa gloria haya) de mi infancia. El caso es que la rubensiana joven del Condado que tan feliz retozaba en el agua se me figuró un poco aquella oronda tía abuela mía y aquella Pomona de mi infancia, la Patrona Pomorum (Señora de los frutos) que invitaba a la no pecaminosa gula que se saciaba en aquellas mesas antiguas, robustas y nada sofisticadas, a las que parecía que trepaba la Tierra para ofrecer sus frutos mejores.

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