Editorial

La guerrilla degenerada

INGRID Betancourt, candidata a la Presidencia de Colombia secuestrada por la guerrilla de las FARC en febrero de 2002, pudo ayer abrazar a sus familiares tras una espectacular acción del Ejército colombiano, que se infiltró en la cúpula guerrillera y la rescató indemne, junto a 14 rehenes más. El caso de Betancourt, enterrada en vida durante más de seis años, es uno más entre los cientos de colombianos secuestrados por las dos facciones guerrilleras del país, pero adquirió un carácter emblemático por su propia personalidad política y su vinculación familiar con Francia, cuyos gobernantes hicieron cuestión de honor nacional su liberación, finalmente conseguida por el presidente Uribe sin derramamiento de sangre. Aparte del estricto contenido humano de la noticia, realmente emocionante, hay una lectura política inevitable. El presidente de Colombia ha visto ratificada la validez de su política de firmeza frente a una guerrilla que hace años perdió por completo su componente utópico para derivar en banda de facinerosos dedicada a la extorsión, el secuestro y el narcotráfico, justamente considerada por la comunidad internacional como una organización puramente terrorista. El rescate deja también en posición desairada al presidente de Venezuela, Hugo Chaves, que ha pretendido convertirse en mediador y cuyas vinculaciones con la guerrilla han quedado demostradas, lo que le ha llevado a un mayor aislamiento. Una vez desarmadas las bandas paramilitares que han asolado Colombia en supuesta reacción a la acción guerrillera, las FARC y el ELN han entrado en barrena. Diezmados por la acción militar, su viabilidad se ha mostrado ya imposible. De hecho, han ido perdiendo la mitad de sus efectivos, desmoralizados y cansados, sufriendo deserciones incluso de sus dirigentes. Otros han muerto en combate o traicionados por sus lugartenientes. Lejos ya de las circunstancias en que nació, la guerrilla está condenada a desaparecer. Los problemas de Colombia, ciertamente graves, habrán de resolverse mediante la lucha política propia de un sistema democrático. Sin utopías sanguinarias ni represiones armadas.

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