la ciudad y los días

Carlos Colón

El misterio de la belleza infinita

ESTÁN sentados en una mesa del Sardinero, en la plaza de San Lorenzo, San Agustín, Benedicto XVI y Cioran, esperando que se abran las puertas de la Basílica del Señor del Gran Poder para asistir al concierto del padre Ayarra con el que, tras su restauración, se inaugura el espléndido el órgano de 1798 donado por un hermano. San Agustín, que al describir la plenitud de existencia que nos aguarda tras la muerte dijo aquello tan hermoso de "seremos como música", toma la palabra para felicitar a la Hermandad por acometer la restauración del órgano: "La música -añade- tiene una única tarea primordial: disociar a la razón de los sentidos carnales y elevarla a la verdad inmutable, al único Dios y Señor de todas las cosas". Y hace un guiño a Benedicto porque, aunque el hombre sea de la lejana Tagaste africana, no ignora cuál es para los sevillanos la más verdadera imagen del único Dios y Señor.

Benedicto XVI, feliz por tomarse un cafelito con un Padre de la Iglesia, le hace notar la coincidente pasión barroca por las imágenes y por la música. "La época del Barroco -le dice a Agustín- puso al servicio de la gloria de Dios toda la fuerza luminosa de la música, resultado de ese momento culminante de la historia cultural. En la Iglesia podemos escuchar a Bach o a Mozart, y en ambos casos percibimos, de manera sorprendente, lo que significa Gloria Dei, la Gloria de Dios. Nos encontramos frente al misterio de la belleza infinita que nos hace experimentar la presencia de Dios de una manera mucho más viva y verdadera de lo que podrían hacernos sentir muchas homilías". Y mira de reojo a ver si de paso le oyen, y toman nota, algunos clérigos adictos al guitarreo.

En este punto ambos se quedan mirando al filósofo ateo Cioran, sin saber qué pinta allí y qué barbaridad les dirá. Pero Cioran, que mientras hablaban Agustín y Benedicto estaba ojeando el programa del concierto de esta tarde, al ver que junto a obras de Correa de Arauxo, Peraza, Mudarra o Haydn figura la coral Wer nur den lieben Gott (El que deja reinar al buen Dios) de Bach, les dice con un punto de temblor en la voz: "Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Cuando escuchamos a Bach vemos germinar a Dios. Tras un oratorio, una cantata o una Pasión, se siente que Él tiene que existir. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto".

Sin saberlo ha definido también lo que el Gran Poder representa para muchos sevillanos. Agustín y Benedicto le miran con simpatía. Pagado el café, los tres entran en la Basílica para sentir cómo Dios germina allí por obra de Bach y se aparece por gracia de Juan de Mesa.

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