la esquina

José Aguilar

Los nuevos emigrantes

ENTRE enero y septiembre del pasado año más de 50.000 españoles hicieron las maletas para viajar al extranjero. No como turistas, que esa cuenta va aparte, sino como trabajadores. Por vez primera desde hace muchos años la emigración fue superior a la inmigración. Salieron más españoles (y extranjeros que habían venido antes) que entraron.

Este cambio de tendencia no ha sido un hecho esporádico y excepcional. Todo hace pensar que se quedará entre nosotros durante una buena temporada. Tanto como dure la crisis -que hace más daño en España que en el entorno- o quizás más, porque los factores que han traído el cambio no son exclusivamente de raíz económica. Es un fenómeno nuevo con más motivaciones que la escasez o precariedad de trabajo, aunque éstas sigan siendo decisivas.

Por supuesto que la gente se va porque no encuentra aquí oportunidades para mejorar de vida, independizarse o labrarse un futuro estable. Pero ésta no es como la emigración de los años sesenta, de maletas de cartón, trenes de trayecto interminable y equipaje profesional escaso o nulo. Los que se marchan ahora son mayormente jóvenes con títulos universitarios u otros estudios especializados, familiarizados con los países de destino que a veces ya han visitado como turistas, que dominan dos o más idiomas. El mundo se ha hecho considerablemente más pequeño, no se acomete una aventura de tintes dramáticos ni los neoemigrantes tienen la sensación de irse a ciudades extrañas en las que no conocen a nadie.

También ha variado la mentalidad. La inmensa mayoría de los que se fueron en las anteriores etapas migratorias lo hicieron con el propósito decidido de regresar al cabo de una temporada, aunque luego muchos terminaran asentándose en Francia, Alemania o Suiza, formando sus propias familias, y acabaran por no ver llegado el momento oportuno del retorno, sobre todo cuando los hijos crecieron y tuvieron que aceptar que eran más franceses, alemanes o suizos que españoles. Los que se van en este tiempo, por el contrario, están más vacunados contra la nostalgia, son más emprendedores y mejor capacitados para abrirse a una nueva vida allí donde les ofrecen el reconocimiento de sus méritos. Son más libres y abiertos, menos apegados al terruño y más dispuestos a ser ciudadanos del mundo. Tienen asumida la movilidad como un componente imprescindible de su agenda y saben que con un vuelo de bajo precio y dos horas de duración pueden superar los inconvenientes de la distancia física y la añoranza de los lazos familiares.

Es una pena que su formación sirva para enriquecer a otros países, pero ellos no lo viven como una tragedia. Eso es lo que importa.

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