cuchillo sin filo

Francisco Correal

Los pájaros de don Fadrique

EL día que José Antonio Garmendia fue a Casa Eulogio para hacer la crítica gastronómica, estaba cerrado por boda. Se casaba la hija pequeña del tabernero y de Pilar, su esposa, virtuosa de los dátiles con bacon y las bolas picantes. El novio era yo, que pasé mis últimas horas de soltero en el bar de Julián con mi inminente cuñado Eulogio, el hijo de Eulogio y Pilar, jugando unas partidas de chapolín y tomando un gin-tonic antes de ir por el puente de Triana a la capilla de los Marineros.

El bar de Julián y Casa Eulogio estaban en la calle Lumbreras. El local de quienes ese día de San Fermín de 1989 se convirtieron en mis suegros estaba en el inmueble que han ocupado varias familias, con la puesta en escena de un rifirrafe policial la noche del Betis-Madrid. Es con diferencia la calle por la que más veces he pasado en mi vida, casi veinte años llevando al colegio de las Mercedarias de San Vicente a mis hijas, ahora a mi pequeño con el que todas las mañanas saludo a los pájaros guardianes de la torre de don Fadrique que preside las antiguas naves de Singer de la que salieron muchas de las piezas con las que se han restaurado los elementos de la plaza de España y donde se formaron varias generaciones de maestros ceramistas y alfareros repartidos por Andalucía.

Los ocupantes del inmueble reavivan el derecho universal a la vivienda y el derecho no menos universal al recuerdo de los que le dieron vida a un espacio doblemente profanado por quienes querían enriquecerse con un pelotazo especulativo y por los que son expulsados de otros desajustes del sistema. En un alarde de cursilería le han puesto Corrala de la Ilusión, un madrileñismo que ya señaló el maestro Antonio Burgos. Si rebobino mi mester de soltería, veo a Pilar entre fogones con las manos diligentes de Sole, nuera de un gitano en el que se inspiró Benlliure para uno de los que portan el cadáver de Joselito y abuela de un bailaor de apellido anglosajón; veo a Mari, que fue emigrante en la región del Loira, en su tienda de ultramarinos, cuando los chinos eran de fumanchú; a Luisa en su puesto de chucherías, dadivosa con los niños del barrio, tan hogareña como la mesa camilla que se insinuaba tras un escueto biombo. Espacios diminutos pero insondables; veo a Librada, como la patrona de las parturientas, casada con Rafael, el Eco de la Alameda, uno de los últimos residentes de lo que fue corral de los Chícharos, hoy elegante hotel Patio de la Cartuja cuya internacional clientela se topa con este arcoiris de pancartas en el corral de enfrente, que Sole decía que era el de los Mojones y ahora llaman Corrala de la Ilusión quizás en guiño a la Cabalgata de Bobby Deglané en el 61. Mañana hay boda en Lumbreras. Se casa el nieto de Eulogio y Pilar.

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