La Sevilla del guiri

El pasotismo sevillano

EN España se paga la asistencia sanitaria con los impuestos sobre la renta. En Estados Unidos con seguros médicos que nos cuestan un ojo de la cara. Es decir, los estadounidenses tienen derecho a asistencia médica como consumidores, los españoles como ciudadanos. Pero a veces los españoles, o por lo menos los sevillanos, actúan como si el personal sanitario les estuviera haciendo un favor por cuidar su salud.

La gente de Estados Unidos está tan obsesionada con sus derechos que a veces los confunde con deseos. Yo sé que este aspecto de mis paisanos da mucha lata en todas partes del mundo. Creen que tienen derecho a consumir ostentosamente la mayoría de los recursos naturales del mundo -a tener un coche para cada miembro de su familia, y gasolina barata para sus todoterrenos y para climatizar sus casas enormes - y, cuando están de viaje, a disponer de todos los servicios complementarios que tienen a mano en su propio país, a poder hablar su idioma en cualquier lugar y a que los nativos de este lugar lo hablen también.

En parte vine a España para escapar de esta prepotencia.

Ahora, después de llevar cuatro años aquí, me he enterado que los sevillanos también confunden a veces sus derechos con sus deseos. Por ejemplo, en las carreteras, en el aparcamiento de doble fila y colándose en las colas de los supermercados - en este caso, especialmente mujeres mayores-. Pero en la asistencia sanitaria, donde la línea entre derecho y deseo es mucho más delgada, casi nadie reclama nada.

La gente se conforma como si fuera gratis, pero no es. Estáis pagando bien por ello. Un amigo mío tiene un sueldo de 2.300 euros, pero, después de que le retengan impuestos, se queda con 1.600. Casi un tercio de su sueldo va al gobierno, y seguro que una buena parte al mantenimiento de estos servicios médicos. Pero ni siquiera los utiliza. Prefiere pagar 140 euros al mes para poder ir su mujer y él a médicos privados, porque es más cómodo y agradable. ¡Qué locura! Como amante de lo español, me decepciona tanto que los españoles, o por lo menos los sevillanos, después de haber conseguido este gran logro de asistencia sanitaria universal, este derecho tan digno, merecido y civilizado, el que deberían tener todos los ciudadanos de todos los países del mundo, no exijan que sea mas cómodo y agradable.

Cuando mi mujer estaba embarazada de nuestro primer hijo, le citó nuestro centro de salud para tener una ecografía. La acompañé allí y cuando llegamos la sala de espera estaba llena. Un muchacho tuvo que levantarse para que pudiera sentarse mi mujer. Pronto las mujeres embarazadas estaban ocupando todos los asientos, y llegaron aun más mujeres. Al final había tres mujeres embarazadas de pie esperando, cuando por fin la enfermera administrativa abrió la puerta de la consulta. Fríamente y sin disculpas, dijo que estaban reemplazando la máquina y que todas las citas serían aplazadas una hora. Su falta de profesionalidad me dejó embobado. Miré a las mujeres sentadas, esperando su indignación, un levantamiento. Pero las caras permanecían inexpresivas, o mejor dicho, apáticas. Se levantaron, buscaron a sus maridos, a sus madres o a sus amigas y se fueron a tomar un café.

Miré a mi mujer. "¿Ya está? ¿Se conforman todos?"

Se encogió de hombros. "Es normal."

Pero no era normal. Mayoritariamente hemos recibido un trato bueno y digno, pero en los casos que no - y eran más de lo debido - nadie dijo nada, incluso nosotros. Que rápido me acostumbré a este pasotismo sevillano. En preparto, cuando un séquito de batas verdes irrumpió en nuestra sala a las cuatro de la madrugada encendiendo la luz y ordenando que me marchara mientras exploraban a mi mujer, no dije nada ni pregunté que razones tenían para hacerme salir. Cuando mi mujer me dijo que el técnico que le puso la epidural olía a cantina, de nuevo me callé. Cuando, para visitar a nuestro niño en neonatal, tuvimos que esperar de pie en un pasillo con un montón de padres preocupados por sus niños delicados mientras una enfermera con cara de desaborida leía en voz alta los nombres de los niños ingresados como si estuviéramos allí para visitar criminales, otra vez lo aguanté sin pedir el libro de quejas.

No quiero dar una impresión errónea. Podría escribir también párrafos enteros plasmando el buen tratamiento que hemos experimentado. Pero como decía mi padre, que era columnista, "No se debe alabar el cumplimiento de una obligación."

En cambio hago un propósito, y pido que lo hagáis también. La próxima vez que estemos utilizando la asistencia sanitaria deberemos tener presente un típico personaje americano. Al entrar en cualquier Starbucks en Estados Unidos probablemente lo encontrareis allí delante de vosotros en la cola y con no sé cuántos requisitos para su café. Querrá un capuchino con la mitad de leche desnatada y la otra mitad de leche semidesnatada, y dos dedos de espuma nada más, y en una taza para llevar aunque va a tomarlo en la mesa. Y después de dirigir al empleado en cada paso del proceso para asegurar que el café venga según sus mandamientos, lo devolverá por no estar lo suficientemente caliente.

Si os pasa esto, quizás pensareis como he pensado yo muchas veces: "El imperio americano ya ha llegado a la decadencia." Pero recordad que nadie puede dar caña como un neurótico americano no atendido en sus gustos. Y dando caña es a veces la única forma de conseguir, no sólo deseos, sino derechos.

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