opinión

Sergio Rosa /

Un sueño compartido

MUCHAS veces la vida nos sorprende y los senderos de la misma nos hacen llegar y abrir puertas que jamás pensamos apenas tocar. Algo así sentiría la vizcondesa de Jorbalán, a la que hoy conocemos como Santa María Micaela, fundadora de las Religiosas Adoratrices.

Nos situamos en la mitad del siglo XIX cuando una joven de noble apellido y acomodada familia madrileña empieza a darse cuenta que la vida que tiene no le basta: los agasajos sociales, los encuentros formales y las fiestas de la nobleza decimonónica empiezan a dejarla huérfana de espíritu. Su vida está llamada a abandonarse en favor de una causa mucho mayor. Y es así como, a ejemplo de otros grandes de la historia como Francisco de Borja -el que fuera duque de Gandía y virrey de Cataluña hasta ingresar en la Compañía de Jesús-, abandona su posición para consagrar su vida al servicio del Evangelio, proyectando su misión en la atención, la liberación y la promoción de la mujer explotada por la prostitución o víctima de otras situaciones que la esclavizan. De esta manera nace el carisma y de su mano la Congregación de las Adoratrices, un puñado de mujeres que hoy, 150 años después, trabajan al servicio de la educación y de las mujeres en más de 20 países, formando parte del sueño de su fundadora alrededor de 1.400 hermanas.

Ese sueño de Santa María Micaela tiene presencia en nuestra ciudad desde el año 192 y, desde entonces, además de la tarea educativa, la Congregación da respuesta a diferentes demandas de la mujer en situación de exclusión social, desarrollando actualmente diversos programas de intervención, entre ellos el Programa ONNA (mujer en japonés) que trabaja en la acogida de mujeres víctimas de esa lacra que supone la prostitución, la explotación sexual y la trata, así como aquellas procedentes de contextos penitenciarios en la provincia de Sevilla. A través de su servicio y entrega perenne las religiosas trabajan con ellas en la adquisición de habilidades y herramientas fundamentales necesarias para la emancipación y autonomía de estas mujeres.

En una sociedad a la que llamamos aldea global, pero donde cada vez son más marcadas las diferencias y el individualismo nos aleja más del que menos tiene y más necesita, las Religiosas Adoratrices son ejemplo de entrega, con un carisma, una tarea, que nos invita a todos a participar de ella. Qué mejor día que la celebración de la festividad de su fundadora, hoy, para conocerlas un poco mejor, tenerlas presentes y ayudarlas como se pueda a que ese sueño compartido sea un poco más real en Sevilla y en el resto del mundo.

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