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Rafael Padilla

Una tarea imposible

LO narra Mateo (27, 62-66) y demuestra hasta qué punto las autoridades recelaban de la idea que predicó el Nazareno. Aún no conformes con su horrible tortura y con su muerte pública e infame, acudieron a Pilatos y le pidieron que asegurase su sepulcro. Con más memoria que sus mismos discípulos, escondidos y desorientados en aquellas horas, recordaban las palabras de Jesús ("A los tres días resucitaré") y, previniendo que sus seguidores robaran el cuerpo y anunciaran después al pueblo el "falso" cumplimiento de la promesa, les urgía mantener cerrada la tumba de Cristo. No les parecía suficiente la gran piedra que, a su entrada, mandara colocar José de Arimatea. Les intranquilizaba que aquella semilla de muerte germinara en esplendorosa explosión de vida.

Pilato les contesta con cierto desdén: "Tenéis una guardia [la vuestra, la única de la que al cabo os fiáis]. Id, aseguradlo como sabéis". En su respuesta se esconde, intuyo, un punto, quizá inconsciente, de ironía. El político, sabedor de la dificultad de apagar una llama cuando prende, les recrimina su propia irresponsabilidad y su ceguera y acaso -no lo descarto- les reta, si pueden, a mantener a Jesucristo en su sepultura.

Ellos hicieron cuanto estaba en su mano: sellaron la piedra y apostaron vigilantes leales para, torpemente, tratar de impedir lo inevitable. No se habían dado cuenta todavía de que no hay roca en el universo capaz de retener al Cristo resucitado. Todas las cautelas humanas resultaron y resultan fallidas para atar al Señor que, tras vencer a la muerte, regresa. En cierto modo, su intento es desesperado y su propósito de ponerle ligaduras al Cristo redivivo, ridículo.

Fue la primera ocasión, aunque no desde luego la última, en la que se trató de fingir inexistente el mayor acontecimiento de la Historia. Desde entonces, así lo afirma Juan Pablo II, "muchas veces los constructores del Mundo por el cual Cristo quiso morir han tratado de poner una piedra definitiva sobre su tumba". Se multiplican hoy los guardianes. Los poderosos hacen gigantescos esfuerzos para desmentir el júbilo de la buena nueva. Conspiran incansable e ineficazmente para que el prodigio no dinamite la sinrazón de su lógica yerma. Es batalla, incluso, que se libra en el alma de cada cual, permanentemente tentada por tantos silencios razonados y requeridos.

Tarea, les reitero, imposible. La piedra, señala también Juan Pablo II, permanece siempre removida. "La piedra, testigo de la muerte, se ha convertido, nos dice, en testigo de Resurrección". Ya corre, como todas las primaveras, la noticia: ha resucitado; el sepulcro está de nuevo vacío. No hay fuerza que pueda ocultar tanta gloria, ni corazón sensato que no la reciba con asombro, compromiso y esperanza. Fracasaron otra vez los centinelas porque la luz que los franquea es eterna, plena de verdad, incontenible y salvífica.

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