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Rafael Padilla

La utopía de Felber

ACABA una semana trágica para las expectativas de millones de españoles. Las duras medidas adoptadas por el Gobierno, inspiradas o impuestas por nuestros socios europeos, prosiguen en el empeño de ir quemando la madera de un tren que rápidamente se acerca a su colapso. Da igual que los vagones que se desmantelan sean de tercera o de primera. Lo importante, parece, es cuadrar los grandes números a gusto de nuestros acreedores, aunque en esa operación falte talento y sensibilidad para sopesar las repercusiones reales sobre los distintos sectores sociales. Decisiones lineales, como la de subir el IVA, no hacen distingo de sus muy diversos impactos. Tampoco otras, como la de recortar indiscriminadamente el sueldo de los funcionarios. Hay, creo, un déficit de justicia en una política económica -desesperada, eso sí- que nos aprieta como iguales cuando, de hecho, en absoluto lo somos. La obsesión macro no repara en los diferentes niveles de pérdida que sus dictados causan, eliminando la propia ética de su fundamento.

Nos queda, además, la impresión de que sólo es cuestión de tiempo: es el sistema el insostenible, no la coyuntura, y las terapias paliativas (aquí, pero mañana también en Estados Unidos o Alemania) no conseguirán sino demorar algo el desastre.

Por eso, porque la gangrena de la que les hablaba la pasada semana se vislumbra como inatajable, llega la hora de buscar alternativas a un capitalismo que agoniza por sus demencias. Entre aquéllas, me referiré hoy a la propuesta por el economista austriaco Christian Felber: en su librito La economía del bien común (Ed. Deusto, 2012), con todas las objeciones que puedan oponérsele, aporta un discurso novedoso, útil sin duda en la tarea de rediseñar el futuro.

El punto de partida es inmaculado: toda actividad económica debe ir encaminada a servir los intereses generales, lo que, por otra parte, proclama cualquier constitución avanzada. Se trata de encontrar un espacio sensato y posible entre dos fracasos, el del capitalismo de mercado y el de la economía planificada. Implementar valores como la confianza, la honestidad, la cooperación o la solidaridad y hacerlos prevalecer sobre el afán de lucro o la competencia -ídolos que nos están destrozando- provoca un giro copernicano en nuestra percepción del beneficio y del éxito. Desarrollos como el concepto de "balance del bien común", que prima sobre el balance financiero, el incremento de la democracia directa y de la participativa o la limitación de las rentas y de la propiedad de cada ciudadano, incluida la que se puede dejar en herencia, inauguran perspectivas dignas, al menos, de razonado debate.

¿Un loco? Quizás. Pero lo que propugna -examínenlo- destila cordura y, sobre todo, proporciona mimbres sensatos para la reflexión sobre qué hacer en "el día siguiente". Ése al que, ineludiblemente y casi ya, tendremos todos que enfrentarnos.

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