La tribuna

manuel F. Sánchez Blanco

La víspera de una fiesta de Pascua

CELEBRAMOS estos días en todos los rincones de Andalucía "nuestra" Semana Santa (semana previa a la Pascua de la resurrección que es la celebración central del cristianismo). Procesiones, hermandades, estaciones de penitencia, multitudes que se agolpan para ver pasar los "pasos" y "tronos"; hermanos que visten sus túnicas para acompañarle… Pero, ¿realmente sabemos algo acerca de ese hombre crucificado, prendido, azotado, injuriado, portador del instrumento de su tortura?

Me refiero, claro está, a algo más de lo que nos enseñaron en nuestra infancia (colegio, padres, catequesis); de lo que oímos en las homilías (para algunos, ya muy lejanas en el tiempo) la mayoría de ellas repetitivas y tópicas; de lo que hemos visto en el cine, de lo que hemos leído u oído decir.

Sin que hayamos ni siquiera intentado un acercamiento personal e íntimo con Jesús, hemos dado crédito a rumores y falsedades de autores y asociaciones religiosas más o menos esotéricas que han levantado un muro sobre su persona relegando al olvido su auténtico mensaje, y lo que es aun más grave: nosotros, con nuestras tradiciones y actos repetitivos hemos ido poco a poco enterrándolo en un mar de oropeles de indudable valor artístico, muy válidos sí, pero no suficientes. En palabras de J. A. Pagola de su libro Jesús. Aproximación histórica : "Es triste comprobar con qué seguridad se hacen afirmaciones que deforman gravemente el verdadero proyecto de Jesús, y con qué facilidad se recorta su mensaje desfigurando su buena noticia".

Con el fin de ser lo más neutral posible en este breve acercamiento a la figura histórica de Jesús que ahora me propongo, me referiré únicamente a autores exteriores al cristianismo. En primer lugar, al historiador rabínico Flavio Josefo que habla de Jesús en estos términos: "En aquel tiempo apareció Jesús, un hombre sabio. Fue autor de hechos asombrosos, maestro de gente que recibe con gusto la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego. Y, cuando Pilatos, a causa de una acusación hecha por los hombres principales de entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo y, hasta este mismo día, la tribu de los cristianos no ha desaparecido". Tácito, Plinio el Joven y Suetonio hablan de Jesús diciendo que para sus seguidores era como un dios y que fue ejecutado en tiempos de Tiberio, al igual que la literatura rabínica: "Practicó la brujería, se burló de las palabras de los sabios, expuso las escrituras como los fariseos, tuvo cinco discípulos, desvió a Israel de su camino, fue colgado como falso profeta y seductor la víspera de una fiesta de Pascua".

Yeshua era su nombre, también le conocían por Yeshua bar Yoset, vivió con su familia (padres, hermanos y hermanas) en una aldea de Galilea llamada Nazaret (perdida en el mapa), allí se hablaba el arameo y sólo se utilizaba el hebreo en las lecturas religiosas de los sábados, su aldea no tenía sinagoga, tampoco tenía escuela, en su casa no había libros ni tinta ni papiros para escribir. Aprendió el oficio de artesano junto a su padre. No se casó ni tuvo hijos (circunstancias estas que le acarrearían problemas con sus vecinos y familia). No obstante, debió asimilar muy bien dichas lecturas, pues posteriormente demostraría una gran soltura en sus discusiones con los sacerdotes.

Llegado el momento, a la edad de 30 años, se marchó de casa para ir donde el Bautista, por quien fue bautizado, al poco tiempo formó su propio grupo de seguidores (12 apóstoles y 72 discípulos, entre hombres y mujeres) para anunciar "el reino de Dios". Reino donde florece la alegría de vivir, la compasión por los más débiles y desgraciados, la lucha por un mundo más justo, por el alivio a los enfermos que sufren sin esperanza, por las gentes que caminan por la vida sin amor, hogar ni amistad, por las mujeres maltratadas, secuestradas, asesinadas, por los que mueren solos y son enterrados sin una oración… El reino de Dios que Jesús nos trae está fuera y dentro de nosotros, porque comienza en uno mismo, pero se va formando en la vida de los pueblos en la medida que el mal va siendo vencido por la justicia salvadora de Dios (J. A. Pagola).

Los investigadores concretan la muerte de Jesús el día 7 de abril del año 30 en Jerusalén. Caifás, el sumo sacerdote, urdió un plan para asesinarle (ya hemos visto las razones en los escritos rabínicos). También Jesús ayudó con su gesto hostil hacia el templo. Los soldados romanos lo llevaron fuera de las murallas, a un lugar llamado Gólgota, allí fue crucificado. Murió tras una lenta y terrible agonía en la más absoluta soledad, pues nadie podía acercarse a los ajusticiados. Cuando sintió su final inminente gritó: "Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?".

Los cristianos de la primera generación confesaban su convicción: "Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos".

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