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Sometido a la cólera de Dios

  • Víctor Sánchez del Amo, pitado anoche en Heliópolis, parece empeñado en contravenir iracundamente el sentido divino del fútbol, la victoria.

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Nadie puede dudar de que el entrenador del Betis, Víctor Sánchez del Amo, dispone de un repertorio de virtudes. Se le reconocen una enorme capacidad de trabajo, un despliegue de tácticas de nombres y flechas anotadas en un cuaderno gris y la juventud, divino tesoro. Con lo que no obsequió Dios al técnico verdiblanco es con el don de la alegría, que en el fútbol es la victoria. Sabedor de esa desventaja, Víctor la ha tomado con el Hacedor y no deja de expresar su cólera.

Lo que viene sucediéndole al Betis en los últimos tiempos se asemeja a un castigo divino. No hay más explicación que lo irracional. Lo malo es que, después de la llegada del preparador madrileño al banquillo heliopolitano, ese influjo se ha elevado a una enésima potencia. Como le ocurrió a Lope de Aguirre, aquel conquistador vascuence que se reveló contra Felipe II después de buscar infructuosamente El Dorado por el Amazonas, Víctor está vengándose de Dios, que en el fútbol, sí, otra vez, es el triunfo. Y en ésas anda el técnico en su laboratorio, mezclando solutos y disolventes, a ver cómo es capar de seguir empatando, perdiendo y aburriendo al personal. El problema es que el beticismo ya se ha dado cuenta.

Anoche se oyeron las primeras broncas importantes de la temporada. Y eso que hubo numerosos béticos que, visto lo visto, se decantaron por disfrutar de la noche primaveral, pero no en Heliópolis. Desde antes incluso de que el colegiado, Gil Manzano, decretara el inicio, cierto sector de la hinchada atisbó un "¡Víctor, vete ya!" que no obtuvo respuesta reprobatoria por parte de los demás. Es novedad.

El partido había comenzado. El Betis salió con un cierto ímpetu -una forma de hablar-. Pero duró poco. Plano, sin ideas, al chacachá del tren, el juego verdiblanco se perdía en un sinsentido de pases horizontales que no conducían a nada. Bueno, sí, a responder diligentemente al plan ideado por Víctor dentro de su particular cruzada contra Quien manda y ordena en el fútbol. En la singular esfera celeste del entrenador bético, el empate son los cielos; la derrota no es más que un dulce purgatorio. Y ante la evidencia del once bético, la grada desprendió su propio fósforo blanco sobre el césped: "¡Hasta los huevos!" (con perdón).

Era el grito de la penitencia frente al papel que ha asumido Sánchez del Amo como suma cólera divina. Eran el horror y el hastío. El 0-1 anotado nada más iniciarse el segundo tiempo se transformó en la evidencia: pitada en forma del mármol de Carrara sobre un Víctor que fue a esconderse al banquillo. Entonces sacó a calentar a los suplentes, un supuesto zafarrancho que no arregló nada. O lo arregló todo, que pensaría Víctor, cuyo plan no pasaba por ganar. Por descontado. Su ira se deja notar sobre la yerba que pisa, que no vuelve a crecer.

A Víctor se le reconocen muchas virtudes. En casa debe de ser un santo varón, pero, como decía el salvaje de Lope de Aguirre, sólo saben morir "los valientes y los hombres de entendimiento, los unos porque lo entienden y los otros porque es su oficio". Pues Víctor no es ni chicha ni limonada.

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