Santa Catalina, cuatro años con la herida abierta

  • Hace un año que se aprobaron las obras de las cubiertas y no han comenzado · Santa Catalina necesita 3,5 millones de euros y un empuje institucional similar al del Salvador

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No tiene la suerte del Salvador. Parecen faltarle padrinos. Carece de cantores de sus necesidades. Santa Catalina va camino ya de los cuatro años sin vida. Su interior está tomado por los tubos, una suerte de bosque de andamios que apenas deja contemplar ya la belleza del mudéjar. En las naves laterales se apilan las tejas de las cubiertas, las que ahora están tapadas por planchas metálicas y que permanecen apuntaladas para evitar un derrumbe que era inminente. Los altares están cubiertos, protegidos del polvo y de lo que más amenaza siempre a la conservación del patrimonio histórico: la falta de uso. No hay luz eléctrica en la iglesia. Gracias a una linterna se avistan nidos de palomas en la escalera de la torre, que aparece alfombrada de excrementos de ave y de otras suciedades. Antonio Hiraldo, el párroco, no les tiene mucho aprecio: "Son las ratas de los tejados. Por desgracia alguien se dedica a alimentarlas y se han venido a vivir aquí". En la subida a la torre hay huevos rotos y polluelos recién nacidos que se agitan con el ruido de los pasos. Una lámpara de cuentas de cristal cuelga de uno de los andamios. Alguien abandonó con prisas el templo y no ha tenido mejor sitio donde dejarla hasta el retorno del exilio. "Es de la Hermandad de la Exaltación", dice uno de los colaboradores del párroco mientras dirige hacia ella la luz de la linterna.

El coro está absolutamente vacío. No tiene más que el reflejo de los haces de luz del rosetón. El suelo y las paredes están descascarillados. Desde arriba se aprecia perfectamente dispuesto el ejército de tejas que ocupan el escaso espacio libre que dejan los andamios en la planta del templo. "Están ahí, celosamente guardadas, para reponerlas en su momento. Utilizaremos las mismas". Cuando se habla del futuro de Santa Catalina nadie fija fechas. Todo es en su momento. Cualquier programación está como parece estarlo el tiempo en el interior de la iglesia: detenido.

Por mucho que se pretenda disimular, lo más hiriente para los responsables de esta iglesia es, casi con toda seguridad, la experiencia de la restauración del Salvador, un templo donde las máquinas entraron el mismo año en que se decretó el cierre. En Santa Catalina no se ha corrido la misma suerte. Más bien, parece haberse vuelto a la cantinela de los templos cuya restauración se demora año tras año, como ocurrió con las parroquias de San Vicente o San Andrés en la década de los noventa de la pasada centuria.

Santa Catalina requiere de 3,5 millones de euros, bastantes menos de los que finalmente ha costado la restauración del Salvador, en torno a los 12 millones. La Gerencia de Urbanismo ha asignado en sus presupuestos de 2008 una partida de 420.000 euros a la restauración de las cubiertas. Con este dinero, y tal vez un apoyo financiero de la Delegación Provincial de Cultura, se podrán arreglar las cubiertas, que es la zona por donde comenzó a sangrar la iglesia, dando los primeros síntomas de alarma. Pero tampoco hay señales de que esta obra vaya a comenzar pronto, a pesar de que desde hace un año cuenta con todas las bendiciones administrativas para poder hacerlo.

La restauración de las cubiertas es absolutamente necesaria para empezar a proyectar una restauración integral de las características que se ha ejecutado en el Salvador. De forma paradójica, en Santa Catalina hay que comenzar la obra por el tejado. Sólo con los techos ya arreglados se podrán realizar las catas arqueológicas, que se presumen de gran interés al encerrar el subsuelo del templo muchas claves de la historia antigua de Sevilla, y los estudios necesarios para la redacción del proyecto integral. Mientras tanto, el enjambre de andamios que sirve de apuntalamiento seguirá marcando la estética del interior del templo. El objetivo de los técnicos es impedir la entrada de agua, pues la humedad es el caldo de cultivo de las termitas, la principal amenaza de unas cubiertas de madera que datan del siglo XV.

Francisco Granero es el arquitecto conservador. Tiene ya experiencia en la restauración de templos. "Esto no es el Salvador. Santa Catalina es un templo mudéjar y sus especiales características condicionan los criterios de restauración". La primera diferencia se apreciará a la hora de restaurar las cubiertas. Ya ha estado en el Arzobispado explicándole al cardenal cómo habrá que trabajar en las alturas del templo.

El párroco defiende el uso público del templo para llamar la atención de las administraciones. "Esto no es algo privado, esto es un monumento nacional". Repite una y otra vez su tesis. Un monumento cerrado, sin luz, sembrado de tubos y de palomas, con la mala suerte de no tener padrinos que llamen a las puertas donde otros llamaron por el Salvador.

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