Donde sólo hay escombros

  • Diez años después del derrumbe en el que murieron cuatro personas y otras 180 sufrieron heridas, nada en el solar de Muebles Peralta recuerda lo ocurrido la mañana del 3 de febrero de 2000

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En el solar de Muebles Peralta no queda nada que recuerde la tragedia que allí se vivió hace justo diez años. Donde se levantaba el almacén de muebles ahora hay varias montañas de escombros, entre los que se amontonan restos de azulejos, grandes trozos de escayola y un disco inutilizado de una máquina radial con la que se cortaron las paredes de la tienda. La vegetación ha crecido y entre los escombros se acumula el agua de las últimas lluvias. El desvío de la N-IV sólo sirve ya para los conductores que se dirigen a un almacén de productos para piscinas situado a unos metros del solar. Sólo las tres palmeras que flanqueaban la entrada a la tienda han sido respetadas por los responsables de los trabajos de derribo y ahí siguen, majestuosas ante una extensión de terreno baldío en el que una bandada de pájaros intenta encontrar algo de comida.

Ni un monolito. Ni una placa. Nada. La cadena Urende compró el solar pero no parece que se vaya a construir nada, al menos de manera inmediata. Sólo una pegatina de la empresa encargada del derribo y un asfalto con más baches que grava. Nada recuerda que el almacén de Muebles Peralta se vino abajo la mañana del 3 de febrero de 2000 y que cuatro personas murieron tras el derrumbe. Ninguna falleció aquel mismo día, sino que lo hicieron después a consecuencia de las heridas sufridas en la caída. Carmen Rodríguez Rodríguez murió el 17 de febrero, Antonia Muñoz Sánchez lo hizo el 15 de marzo, Manuel Romasanta Ortega el 24 de ese mismo mes y Pablo Francisco Oyarzun Landeras el 25 de junio de 2001, casi año y medio después de los hechos.

Otras 180 personas sufrieron heridas. Algunas de ellas quedaron para siempre postradas en una silla de ruedas. "Recuerdo a un hombre que trabajaba en el Ayuntamiento, Ramírez. Le faltaba un mes para jubilarse y ya no ha podido andar más. Mira la jubilación que ha tenido el pobre". Quien así habla es Francisca González Fernández, Paqui, una de las personas que cayó cuando el forjado de Muebles Peralta se vino abajo. Se rompió la tibia y el peroné y estuvo más de dos meses sin poder andar. También sufrió heridas en la cabeza. "La culpa fue de éste, que fue el que me dijo que había una oferta y me convenció para ir", dice sonriendo, acusando en broma a su yerno.

La oferta era realmente atractiva. Sillones a 3.000 pesetas. "Sillones orejeros. No se me va a olvidar nunca esa palabra. Me echo a temblar cuando la oigo. La madre que parió a los sillones orejeros". Francisca llegó a la tienda poco antes de las diez, la hora de apertura. Iba con su hija, Eva María Ricardo, y su nieta de ocho meses. Su yerno se quedó fuera en el coche. "Sólo íbamos a mirar porque éste -su yerno- tenía que entrar a trabajar a las once. Entramos y había muchísima gente. Llevaba a mi nieta en brazos y se la di a mi hija. Me di la vuelta y el suelo se derrumbó".

Francisca cayó con otros dos centenares de personas. La tienda había repartido números para conseguir los sillones y todavía, cuando se desplomó el forjado, se podía oír a alguien criticando que se habían entregado más números que sillones. Eva María no cayó de milagro. "Mi madre me acababa de dar a la niña y como estaba llorando me acerqué a una pared para que se distrajera mirando a un cuadro. Cuando me di la vuelta ya se había caído todo", dice Eva, que salió para avisar a su marido de que la niña y ella estaban bien. "Luego él entró y fue quien rescató a mi madre".

Diez años después, la madre, la hija y el yerno recuerdan lo que vivieron aquella mañana del 3 de febrero de 2000 en su casa de la barriada Julio Carrasco de Dos Hermanas, una de las más cercanas a la tienda. Como todos los demás heridos, recibió una indemnización que evitó que el dueño de la empresa se sentara en el banquillo de los acusados después de que se demostrara que el forjado no estaba bien hecho.

"A Peralta no le guardo rencor porque si ese hombre hubiera sabido que aquello se podía hundir no pone la oferta esa o no deja entrar a tanta gente", dice Francisca. Su hija cuenta que los primeros meses después del derrumbe apreció síntomas de nerviosismo en su bebé cada vez que oía mucho ruido o pasaba cerca un ciclomotor a gran velocidad. Las dos mujeres recuerdan que se cortó el tramo de la N-IV entre el Hospital de Valme y Muebles Peralta sólo para llevar heridos. "Los que podían sentarse iban en los patrulleros de la Guardia Civil. Otros eran llevados en coches particulares y los más graves iban en ambulancia. El hospital era un desbarajuste tremendo", cuentan.

Ramírez, el empleado del Ayuntamiento de Dos Hermanas del que habla Francisca, es Manuel Ramírez Domínguez. Ahora tiene 74 años. Vive en el centro del municipio nazareno y desde aquella mañana no ha vuelto a andar. Está postrado en una silla de ruedas porque sufre una lesión medular fruto de la caída y dice que recuerda la tragedia de Muebles Peralta como "algo pasado". "Aquella mañana fui a la tienda con mi mujer y mi hija. Yo conocía a aquello porque había estado varias veces antes y sabía que la oferta era muy buena. Subimos y vimos que había un aluvión de gente, unas 200 personas, y aquello fue demasiado para la planta, que no ofreció resistencia".

Manuel Ramírez tampoco volvió a trabajar. Le quedaba un mes para jubilarse y ya no volvió a su puesto en el Consistorio nazareno. "Pero ya estoy conformado. Llegamos a un acuerdo con el dueño de la tienda. Me ofreció una cantidad y yo la acepté".

Francisco Peralta, el propietario del almacén, pagó 7,8 millones de euros a las víctimas después de que se demostrara el fallo del forjado. La tragedia pudo ser aún mayor porque la planta se derrumbó de una manera que permitió que hiciera un efecto tobogán con muchos de los heridos, que se deslizaron hacia el sótano en vez de caer al vacío. Diez años después, la tragedia sólo sigue viva en el recuerdo.

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