Andalucía

Los electores cambian de partido, pero se quedan en el centro

  • Dos investigadores de Metroscopia explican cómo nueve millones de españoles han cambiado de voto en los últimos tres años

Francisco Camas y José Pablo Fernández, de Metroscopia, con José Antonio Carrizosa, director de Diario de Sevilla. Francisco Camas y José Pablo Fernández, de Metroscopia, con José Antonio Carrizosa, director de Diario de Sevilla.

Francisco Camas y José Pablo Fernández, de Metroscopia, con José Antonio Carrizosa, director de Diario de Sevilla. / Juan Carlos Muñoz

En España hay 36,5 millones de electores si se cuentan quienes residen en el extranjero, suelen votar unos 26 millones de ellos y, en los últimos tres años, nueve millones han cambiado de voto. La cifra es tremenda, el bandazo está asegurando en cada elección. Pero si a esto le añadimos un dato más, comprenderemos las dificultades de los dos autores a los que a continuación nos referiremos. En las últimas generales, seis millones de personas decidieron su voto en la última semana y de éstas, dos millones en las últimas 48 horas. 

José Pablo Fernández, investigador principal de Metroscopia, y Francisco Camas, también de esta empresa de sondeos, acaban de publicar un libro titulado La cocina electoral en España, con el subtítulo La estimación de voto en tiempos de incertidumbre. Es casi un libro de desagravio, una explicación sencilla y bastante amena del modo de proceder de las empresas de encuestas electorales, ahora que la opinión pública parece desconfiar de este tipo de investigaciones sociológicas. En su presentación, que tuvo lugar en la sede de la Fundación Cajasol en Sevilla, explicaron cómo lo habitual es que, al día siguiente de cada elección, les llamen varios periodistas para hacerles la misma pregunta: ¿Por qué se han equivocado tanto las encuestas?

El Brexit y Trump

Y no se equivocan tanto. Hay dos casos paradigmáticos de supuestos errores mayúsculos, el Brexit y la victoria de Donald Trump. En el caso del referéndum británico, todos los sondeos, es cierto, daban la victoria al no, pero por una escasa ventaja. Una diferencia más pequeña que el margen de error que daba el sondeo. Y en el de Trump, el voto popular fue mayor para Hillary Clinton, pero no la adjudicación de los Estados, que fue donde residió el error.

España tiene un problema añadido, y es que en la última semana no se pueden realizar sondeos, con lo cual se le hurta a la opinión pública los cambios de los últimos días. Y tal como se encargaron de subrayar, hasta seis millones de votantes deciden fuera de foco. Las encuestas, sin embargo, se siguen realizando, y las conocen estas empresas y los partidos. Por ejemplo, los dos debates televisivos de las últimas elecciones generales influyeron en el electorado: el primero, a favor de Albert Rivera, y el segundo, de Pablo Iglesias. Si el CIS acertó en esta ocasión se debió en parte a que la recomposición final del electorado coincidió con lo que había detectado un mes antes.

Y ese es otro problema español. El CIS es un gran instituto, realiza la encuesta mayor del país, entrevista a los sondeados en persona, pero se tarda tanto en ello que la foto fija es puro pasado. Lo que vienen solicitando tanto las empresas de encuestas como los analistas políticos es que decaiga la prohibición de publicar sondeos en la última semana de campaña.

Como explica José Pablo Fernández, la suposición de que las encuestas sirven para manipular es falsa, que es el temor que parece querer conjurar esta prohibición. Las encuestas influyen. Es verdad, ¿pero en qué sentido? Supongamos que un partido, llamémosle A, contrata a una empresa para falsear un sondeo en su beneficio. No hay nadie que se atreva a predecir cómo se comportará el electorado ante el dato. A Susana Díaz, por ejemplo, le fue muy mal que todos las encuestas diesen al PSOE como un futuro ganador sin problemas y que no previesen el crecimiento espectacular de Vox. Y, al contrario, hay electores que se despegan de opciones que parecen perdedoras. 

"Esto de creer en las encuestas no es una cuestión de fe, es cómo no creer en los termómetros", explica José Pablo Fernández. "Detrás de esto no hay una caja oscura, no hay ningún intento de manipulación, sino un método científico social", subraya. Buena parte de los sondeos es que, en efecto, hay quien piensa que sus resultados son realidades adelantadas, cuando son previsiones realizadas de acuerdo con lo que el elector cuenta en determinado momento previo a la elección.

La cocina 

La cocina no es más que el tratamiento de los datos que el encuestado da al encuestador. La metáfora, como sostiene Francisco Camas, es adecuada. Consiste en abordar unos datos, subsanar los sesgos y presentarlos de modo digerible. Uno de los asuntos que deben resolver estas empresas es, por ejemplo, cómo se adjudican los indecisos decididos, aquellos que irán a votar seguro pero que no informan del sentido de la papeleta, bien porque no lo sepan, bien porque no quieran decirlo. Para ello, tiene varios parámetros, los más importantes son el recuerdo de voto y la simpatía por el partido o el líder, pero también hay un conjunto de preferencias sociológicas que dan buenas pistas.

El problema de los sondeos del CIS de la época de José Félix Tezanos es que prescindió de cocinar los datos y, en especial, de cambiar de criterio de uno a otro sondeo. 

Los últimos cuatro años han alumbrado el final del bipartidismo en España, ya no consiste en saber quién quedará el primero, sino de conocer la exacta proporción del quintapartidismo. A Podemos y Ciudadano se la ha sumado Vox, son cinco partidos con una representación mayor del 10%. Sin embargo, hay algo que ha permanecido invariable a lo largo de este período cambiante: los españoles se siguen situando en el centro. Cuando se les pregunta que se posicionen en una escala de cero a 10, donde cero es la extrema izquierda y 10, la extrema derecha, la gran mayoría se sitúa entre el 4,5 y el 4,7. Esto permanece intacto desde la Transición. No obstante, los autores del libro indican que han comenzado a aparecer más votantes que se van a los extremos; de algún modo, la campana sigue teniendo el mismo eje, pero es de menor volumen en su centro. 

La irrupción de Vox o de Podemos ha provocado que a los partidos centrales necesiten el centro y algo más. Eso explica el último bandazo del líder del PP, Pablo Casado, en las últimas generales, estrategia, de momento, fallida. Un dato llamativo es que siete de cada 10 consultados prefiere el sistema multipartidista al bipartidismo, aunque éste añade más inestabilidad a los gobiernos.

La explicación Vox

José Pablo Fernández y Francisco Camas coinciden en explicar la aparición de los nuevos votantes de Vox. De un lado, son electores que ya existían, pero que votaban al PP; de otro, normales abstencionistas que ahora sí se han visto reflejado en este tipo de propuesta. Lo que indican los sondeos es que una buena parte de este apoyo se ha retirado, aunque no se han ido a otras opciones.

En lo que también coinciden los dos investigadores es que Vox es fruto del asunto catalán y, en especial, del modo de gestionarlo por parte del anterior Gobierno de Mariano Rajoy. Cuando se produjo la moción de censura, Rajoy ya cargaba con ese peso y, posiblemente, ésa sea una de las causas por la que no buscase alguna salida. En Metroscopia dan por hecho de que de haber habido elecciones en ese momento, habría ganado Ciudadanos.

 

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