Andalucía

Los papeles del sastre de Panamá

  • Los españoles no deberíamos olvidar que uno de los mayores casos de corrupción destapados en este país se inició también en una sastrería, aunque no estuviera en Panamá

EL sastre de Panamá, la novela que John Le Carré escribió en 1996, cuenta la historia de Harry Pendel, un sastre emigrado desde Londres cuyos contactos con la aristocracia del país animan al servicio británico a captarlo como espía. En el relato ni hay espionaje ni hay secretos, ya que todo es un dislate que tiene como protagonista a un sencillo sastre en manos de un torpe espía británico que pretende obtener información sobre una conspiración que tiene como telón de fondo la titularidad del canal de Panamá. Como no existe tal conspiración, el sastre ofrece pistas inventadas y la trama crece sin sentido en una divertida sátira sobre el espionaje.

Le Carré, que es un maestro de la intriga, comienza su relato como las buenas historias, esas que te asaltan desde las primeras líneas: "La tarde del viernes se había desarrollado con toda normalidad en el Panamá tropical hasta que Andrew Osnard irrumpió en la sastrería de Harry Pendel y pidió que le tomasen medidas para un traje. Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel era una persona. Cuando se marchó, Pendel ya no era el mismo". Leí el otro día que Le Carré situó la sastrería de ficción de su novela en una calle muy próxima al lugar donde se ubica ahora el despacho de abogados panameños Mossack y Fonseca, el centro de un escándalo internacional de lavado de dinero y evasión fiscal que afecta a un montón de políticos, ex jefes de Estado y personajes famosos. En esa información se decía que Mossack, uno de los socios de la firma, nació en Alemania en el año 1948, aunque reside en Panamá desde la década de los 60. Allí se desplazó con su familia siendo un niño, después de que su padre decidiera salir de su país por su pasado nazi y ofrecerse a Estados Unidos como espía tras la Segunda Guerra Mundial.

Como la realidad supera muchas veces la ficción, el relato de los papeles de Panamá, los abogados del despacho y el listado de personajes que esconden sus fortunas en este paraíso fiscal, contiene todos los ingredientes de una novela mucho más interesante que la historia del engreído sastre y el torpe espía de Le Carré. Con la filtración de un desconocido y la pericia de un nutrido grupo de periodistas que llevan un año escudriñando entre millones de documentos, estamos asistiendo a uno de los mayores escándalos que las finanzas globalizadas han permitido descubrir. De nuevo con la escasa confianza de que este nuevo timo global no acabe como los escándalos anteriores, con las personas que filtraron las irregularidades condenadas, exiliadas o escondidas.

En términos de realidad, como en el caso del sastre de Panamá, en esta historia de papeles sin papeles -se trata de archivos informáticos- no hay secretos. Todos sabemos que no hay un solo país occidental que tenga un régimen fiscal que prohíba el uso de los paraísos fiscales, ni economía en el mundo que no asuma la existencia de personas físicas, jurídicas y empresas que se llevan el dinero de su país a otro para tributar menos. Lo realmente extraordinario de los papeles de Panamá son los protagonistas de muchas de las historias que estos documentos revelan y que incluye un bochornoso listado de patriotas con cuentas en el extranjero: ilustrísimos presidentes de Gobierno, excelentísimos ex primeros ministros, irreprochables deportistas y hasta un ex gerente del FMI, pasando por los aledaños de alguna realeza. Sin obviar un largo etcétera de individuos que ocultan inversiones millonarias a través de sociedades opacas, mientras nos piden austeridad y sacrificios a los demás.

A todos estos dirigentes, habría que cortarles un traje. Un traje a rayas horizontales. Por lo de Panamá y por muchas cosas más. Y nosotros, los ciudadanos, aprender de los islandeses, que salieron a la calle al día siguiente para exigir la dimisión de su primer ministro en cuanto apareció en los listados. Islandia va a terminar convirtiéndose en la reserva ética de Occidente, allí no rescataron a sus bancos por el alto coste económico para los ciudadanos, metieron a algunos banqueros en la cárcel y echaron a su primer ministro por un escándalo mayúsculo, sin ponerse a discutir si aquello era un hecho aislado o si su protagonista estaba investigado, imputado o condenado.

Los españoles no deberíamos olvidar que uno de los mayores casos de corrupción destapados en este país se inició también en una sastrería, aunque no estuviese en Panamá. A ella iba el ex presidente valenciano Francisco Camps, al que le cortaron sus pantalones, los de la trabilla veneciana. ¿Recuerdan aquello de quién se iba a vender por tres trajes? Seguro que lo recuerdan. Pasados unos años, el PP en Valencia está muerto y el presidente de ese partido en toda España, Mariano Rajoy, no tiene a nadie a quien arrimarse para formar Gobierno. Y todo por hacer caso omiso al secreto que un día reveló otro sastre, el sastre de Camps.

En las novelas de espías, las intrigas comienzan un día por la tarde en medio de la normalidad y se resuelven al final del relato. En la realidad, los misterios son, a veces, un secreto a voces. Los tienen ante sus ojos, como en el título de la película de Campanella. La que protagonizó Ricardo Darín. Si con Los papeles de Panamá alguien escribiera una novela, bien podría empezar como Le Carré inició su relato: "La tarde del domingo se había desarrollado con normalidad hasta que un consorcio de periodistas irrumpieron en los medios de comunicación de medio mundo con más de 11 millones de documentos. Cuando los medios empezaron a escupir los datos, sabíamos que muchas personas en el mundo esconden su dinero en paraísos fiscales. Cuando terminaron, descubrimos que muchas de esas personas son dirigentes políticos que están o estuvieron al frente del Gobierno de sus propios países. Desde esa filtración, ya nada debía ser lo mismo".

Toda trama encumbre un relato paralelo. En este caso, la otra revelación ha sido descubrir que Panamá es un paraíso fiscal que no está considerado un paraíso fiscal en España. En la etapa de Rodríguez Zapatero las autoridades de Panamá dieron un ultimátum a su Gobierno: o Panamá era un paraíso fiscal o un país donde las grandes empresas constructoras españolas podían optar a las millonarias obras de ampliación del Canal. Ni que decir tiene, que se optó por lo segundo. Pero esa es otra historia que habrá que contar otro día. La de las grandes constructoras, los protagonistas ocultos de todas las tramas que, sobre la corrupción en España, están todavía por escribir.

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