La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Los tontos de las pre-uvas
Queridos estrelleros que vais hacia Belén (guardad allí cuidado, Herodes sigue cerca): este año he sido regular de buena. Pero que conste que he sido muy feliz paseando por Sevilla (no se puede ser desgraciado bajo las palmeras, sentenció Pablo García Baena) a pesar de tanta obra, del malajismo ilustrado y la turistificación borrándome los sitios y subiéndome los precios. Eso cuenta. Así que, porfa, traedme lo que os pido.
Quiero un tren. Uno de cercanías con parada en el aeropuerto. Y que no sea tan complicado ir de una estación de autobús a otra, de éstas a las de trenes y de todas ellas a la de aviones. Me faltan varias piezas del puzle de la ciudad, y no acabo de completarlo porque sigue siendo difícil engarzar cada zona. Con lo desengañadas que estamos, os podéis ahorrar la Estrella de la Ilusión: con que haya luz de continuo en todos los barrios me conformo (y no vale seguir echando la culpa a los vecindarios de la situación que viven; sus moradores no tienen la gorra de policías). Quiero también una casita habitada por vecinas y sus carros de la compra, en vez de esos vecinos mutantes con maletas de ruedas con los que no puedes contar si hay que reclamar algo al Distrito. Los árboles navideños de plástico que han puesto en la Constitución, fuera: quiero unos de verdad, en cada calle. Me pido lotes de libros para los clubes de lectura, y que rulen por las bibliotecas; de poco nos sirven los grandes espectáculos si la cultura no llega y empapa cada barrio. El juego de construcción ya lo tengo, mandadme las instrucciones, porque me da a mí que hay que desmontar algunas plantas y algún zulo en las azoteas. El velador con la barbie en su despedida de soltera que me regalasteis el año pasado os lo podéis llevar, tengo demasiados. Quiero también un reloj que avance; el que tenemos con la derechísima imponiendo sus líneas ideológicas, atrasa tela.
Para mí, en lo personal, ya me doy cuenta de que habéis decidido traerme, más que lo que deseo, lo que me conviene y necesito. Aunque a veces me cuesta entenderlo, sé que ese es el mejor regalo, así que gracias. Mandadme también unas gafas de poeta nuevas, pilas recargables, una brújula, una lengua calva. El carbón que me echéis lo usaré para calentarme, que tengo mucho frío. Sobre todo, llevad lo bueno a quienes amo. Decidme, por caridad, a cuál de tanto heraldo le doy esta misiva. Atentamente, vuestra Carmen.
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