La aldaba
Carlos Navarro Antolín
La cuadrilla de la obra de la Avenida
El silencio, como explica Alain Corbin, no es sólo la ausencia de ruido, aunque dicha ausencia parece que provoca terror en una época dominada por la algarabía, dicho sea con el expresivo vocablo del que se sirvieron los cristianos medievales para describir el habla a sus oídos ininteligible –ahora apenas nos entendemos, aunque hablemos o gritemos en la misma lengua– de sus vecinos musulmanes en la península. “En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra”, afirma el historiador de las sensibilidades, autor de un hermoso libro donde ilustra el concepto –tan extraño a nuestra actual forma de vida que formaría parte de uno de esos “universos mentales desvanecidos” a los que ha consagrado su obra– a partir de sus lecturas de los autores que habitaron un mundo menos contaminado. Dado que se trata de una experiencia en parte residual, casi desusada en nuestros días, no cabe mejor manera de abordarla que hacerlo a través de lo que escribieron de ella quienes en el pasado no se veían sometidos a tantas interferencias, pero estas no se deben, frente a lo que podría pensarse, a que las ciudades hodiernas sean más ruidosas que las del siglo XIX, por ejemplo, sino a la hiperactividad comunicativa que obliga a sus habitantes a una conexión continua. Los escenarios íntimos, incluyendo los domésticos pero también los jardines o los museos, las iglesias o las bibliotecas, son o pueden ser refugios, así como los espacios naturales donde los sonidos –el maravilloso concierto de los seres vivos– no estorban el pensamiento, la contemplación o el reposo. Y las búsquedas espirituales, la lectura, la reflexión y el estudio, la grata compañía que ofrece a los afortunados, unidos por el amor o la amistad duraderos, el supremo placer de callar juntos. En una edad que parece especialmente refractaria, importa recuperar las impresiones de quienes sintieron y supieron comunicar los matices, las texturas y las intensidades del silencio, que por lo dicho no se define sólo en términos negativos ni equivale siempre al vacío, sino que comprende también o acaso principalmente la palabra interior que calma y apacigua. En última instancia el reaprendizaje implicaría la capacidad, que hemos llegado a percibir como algo perturbador o indeseable, de estar a solas con uno mismo.
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