CHAGALL. LOS AÑOS DECISIVOS. 1911-1919 | CRÍTICA

Chagall, un artista en tierra de nadie

  • El Guggenheim celebra la libertad del autor, un moderno al margen de los cauces de la modernidad, alentado por una tradición cultural a la que, sin embargo, tampoco se acomoda

'El vendedor de ganado', una de las obras de la muestra. 'El vendedor de ganado', una de las obras de la muestra.

'El vendedor de ganado', una de las obras de la muestra.

Hombres y mujeres que andan por el aire o parecen volar, figuras con la cabeza invertida, gatos silenciosos recortados contra la torre Eiffel: son algunas de las imágenes de Marc Chagall. Tranquilizan a quienes convierten el arte moderno en una clasificación de tendencias y toman a los artistas por insectos, cada uno en su casillero. De ahí que a veces se hable del surrealismo de Chagall. Esta muestra pone en duda esa afiliación: Chagall es un moderno al margen de los cauces de la modernidad, alentado por una potente tradición cultural a la que, sin embargo, tampoco se acomoda del todo.

Chagall nació en una familia judía de Vitebsk (entonces Imperio Ruso, hoy Bielorrusia) en 1887. En 1907 va a San Petersburgo y estudia tutelado por el pintor y escenógrafo León Bakst, y en 1911 marcha a París. La exposición parte justamente de esta fecha y se extiende hasta 1919. Son años decisivos para el artista.

En esos años Chagall asienta su arte: emplea el color con vigor y sus figuras definen poéticamente el cuadro

En París vive el cubismo sus años de gloria, no en la ciudad ni en la minoría interesada en el arte, sino en el reducido círculo de los modernos. En esas fechas, Picasso y Braque tienen ya un camino hecho pero otros autores ensayan y sobre todo discuten el alcance del arte moderno y sus posibilidades. El grupo más activo es el de Puteaux: Léger, los Delaunay, y los hermanos Duchamp, entre otros. Cuentan con la simpatía y la sensibilidad hacia la pintura de Apollinaire. Chagall recibe la impronta cubista. Se advierte en El vendedor de ganado, un cuadro vibrante de color, en el que el tratante (que transporta en su carro una gran cabra azul) se vuelve para mirar a una muchacha que lleva una oveja en los hombros. La hermosa silueta de la joven tiene rasgos cubistas pero la imagen alude a la vida de los judíos del este europeo. Otras obras sugieren influencias más concretas. Así París a través de una ventana que cité de pasada al principio: más allá del célebre gato y la torre Eiffel, el uso de colores puros y su disposición triangular hacen pensar en la serie Ventanas de Robert Delaunay, autor también presente en uno de los mejores cuadros de la muestra, Homenaje a Apollinaire: un canto al amor ante un círculo formado por colores puros. Pero estas obras no ocultan su reserva hacia el cubismo. Se rastrea en un dibujo muy cuidado (no son frecuentes en Chagall) con la figura exageradamente deshecha. Título, Chagall pensando en Picasso. La ironía es evidente.

En la primavera de 1914 Chagall deja París. Se detiene en Berlín: allí se abre su primera exposición individual. La hace Herwarth Walden en Der Sturm, la sala más importante de Alemania. Después marcha a Vitebsk, donde se casa con Bella Rosenfeld (la llevó al lienzo en 1909), y donde le sorprenden la guerra y la revolución. Chagall recibe con entusiasmo los nuevos tiempos. Interviene en los debates del momento: el arte proletario, dice, es el que renuncia a la literatura y no es ni arte para proletarios ni sobre proletarios, sino hecho por artistas proletarios. Mantiene sus figuras y su poética, e inicia en Vitebsk una escuela de arte que iba a ser la plataforma de la abstracción rusa, impulsada por Malevich y Lisitszki. Pero Chagall no comparte esas ideas y menos aún el exclusivismo con que se presentan, y en 1920 abandona la dirección de la escuela y se traslada a Moscú. En 1922 volverá a París.

Un detalle de 'El péndulo', donde ya se aprecia el poético tratamiento que Chagall da a la pintura. Un detalle de 'El péndulo', donde ya se aprecia el poético tratamiento que Chagall da a la pintura.

Un detalle de 'El péndulo', donde ya se aprecia el poético tratamiento que Chagall da a la pintura.

En esos agitados años, sin embargo, Chagall asienta su arte. Emplea el color con libertad y vigor, y sus figuras definen espacial y poéticamente el cuadro: el gran reloj de El péndulo marca con su tamaño la espera del breve personaje a la izquierda. Su atención se centra en los judíos de la zona. En la Europa Oriental, de Checoslovaquia a Rusia, los judíos debieron abandonar su comunidad para incorporarse a la sociedad moderna. Las consecuencias, el rechazo, el desamparo y la pobreza. Chagall recoge la marginación de las gentes (El vendedor de periódicos) y la modestia de los negocios (La barbería, Tienda en Vitebsk). Esa es también la raíz de las figuras suspendidas en el aire: la expresión luftmensch (hombre volátil, sin substancia ni estabilidad) se aplicaba a los judíos sin trabajo ni domicilio fijos. Sólo que Chagall reinterpreta esa inestabilidad en términos de una densa vida interior: vuelan quienes tienen vida propia, como la han alcanzado los amantes: es el sentido de dos obras convincentes, El Cumpleaños y El Paseo.

Pero las imágenes de Chagall tampoco satisfacen a la comunidad judía. Tal vez porque el pintor medita la tradición de su cultura manteniéndola a distancia, sin integrarse en la ortodoxia radical, en el sionismo o en los colectivos que, como el Bund, buscan un socialismo judío. Chagall es así un grenzgänger, un hombre-frontera que se mantiene en ella y renuncia a todo país de acogida. Sea virtud o defecto, lo cierto es fue un artista en tierra de nadie.

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