En el Salón del Apeadero del Alcázar El mundo poético de Juan José Fuentes

  • El ritmo, el color y el legado cubista laten en la muestra 'Miscelánea' que puede visitarse hasta este domingo 29 en el Alcázar de Sevilla  

Detalle de 'Crisálida in extremis' de Juan José Fuentes. Detalle de 'Crisálida in extremis' de Juan José Fuentes.

Detalle de 'Crisálida in extremis' de Juan José Fuentes.

Los románticos prefirieron el fragmento a las narrativas de la pintura clasicista. Anteponían cuadros pequeños y a veces enigmáticos, como Cruz en el mar (Friedrich) o El perro (Goya) a ambiciosas fábulas como El juramento de los Horacios o Belisario mendigando (David). En el trasfondo de esa opción romántica pesaban las ideas pero también una pedagogía que se apartaba de la senda ilustrada. Los ilustrados confiaban en la narración moralizadora de antiguas historias mientras los románticos buscaban estimular la fantasía de modo que la imaginación jugara libremente ante la imagen. Los ilustrados pensaban que una inteligencia debidamente iluminada por aquellas fábulas potenciaría la voluntad racional, mientras los románticos consideraban que el fragmento, al potenciar la imaginación libre, revertiría en autoconocimiento, en una, digamos, segunda mirada dirigida no al cuadro sino al interior mismo del espectador.

Algo de esto ocurre en las obras de Juan José Fuentes (Benamejí, Córdoba, 1954). Así, en un cuadro, sin título, fechado en 1987, donde, a primera vista, hay dos torres, formadas por elementos cúbicos, que se levantan delante de unas casas situadas en un estilizado paisaje. Una de esas torres acaba en una forma cilíndrica y hace pensar en un faro. La otra, a la derecha, la corona un cuerpo de mujer, que se antoja convertido en piedra pero su mano juega con una forma casi elíptica que se presta a muchas interpretaciones. No hay en el cuadro ninguna historia (hay que describirlo, no narrarlo) pero sí hay enigma. No cuenta sino intriga.

El espectador puede así quedar enredado en esa metáfora visual y llevársela, por así decir, a casa. Pero esto no surge de un razonamiento o una deducción lógica. Nace del afecto: cuando el cuadro inquieta o conmueve, como ocurre también en Bulería, más que con la figura de la izquierda, con la brillante espiral de luz y color que aparece a la derecha.

'Bulería' de Juan José Fuentes. 'Bulería' de Juan José Fuentes.

'Bulería' de Juan José Fuentes. / Galería César Sastre

Esto conduce a un segundo aspecto que cobra especial relieve en la obra de Fuentes, el color. Sirva de muestra Y cojemos (sic) el pez con las manos: rosas y añiles componen un conjunto extraño pero convincente. Los breves campos rojos que aparecen en Crisálida in extremis o la gama de color que aparece en un lienzo del 1987 en cuyo pie puede leerse Arte funera despiertan, con su viveza, la sensualidad que, en nosotros, bajo una correcta racionalidad, nunca deja de latir.

Al color hay que añadir el ritmo. Juan José Fuentes, fiel a la herencia cubista, hace de cada cuadro un unidad, delimitada por los lados del rectángulo. Hay artistas que buscan invadir el entorno con sus obras (Mondrian y Barnett Newman, como dos extremos) y otros que hacen que la mirada se concentre en el cuadro. Fuentes se sitúa, a mi juicio, en esta segunda opción, como lo sugieren el frecuente recurso de situar la pintura en un plano que la rodea por completo o incluso sugerir parcialmente un marco en torno a las figuras. Esta delimitación del espacio pictórico contrasta con el ritmo de las imágenes y aun las resalta. Así puede verse en el Díptico de Alicia, a los dos lados del espejo, o en la dos llamaradas de una obra sin título de 1987, la que se levanta detrás de la forma piramidal llena de copas y bebidas y la que se alza en el interior de tal objeto.

'Crisálida in extremis' destaca por sus breves campos rojos. 'Crisálida in extremis' destaca por sus breves campos rojos.

'Crisálida in extremis' destaca por sus breves campos rojos. / Galería César Sastre

Hay un cuadro que se antoja una estilizada escena galante. Una forma en el centro, aunque algo desplazada a la izquierda, parece una mujer, en la mano un abanico con el que quizá oculta su rostro y agita, al moverse, sus cabellos. La figura está construida con colores planos, rojo, amarillo, azul. El brazo ¿derecho? que cuelga es una forma plana verde. Detrás de esa figura, una silueta oscura, casi negra pero con reflejos rojos, parece cortejarla. A la derecha del cuadro un texto breve, "A los más jóvenes". El cuadro presenta todas las características hasta ahora señaladas en la pintura de Fuentes pero ofrece una igualmente importante: su insistencia en los valores de superficie.

He hablado antes del legado cubista. En este cuadro se aprecia mucho más. Las figuras son planas y el espacio detrás ellas, formado por pequeños trazos claros sobre un ocre oscuro, parece impulsarlas hacia fuera. Me he detenido en todos esos aspectos, figuras compuestas por colores planos sobre un fondo cercano al divisionismo, para que pueda apreciarse la cercanía del cuadro a la tercera fase del cubismo, el llamado sintético. Fue un modo de construir el cuadro del que Picasso se valdrá más tarde para obras tan señeras como El sueño o Mujer ante el espejo. Al reto que supone esta concepción pictórica -formas planas, color potente, ritmo- responde con vigor Juan José Fuentes en las obras de esta exposición antológica que recoge treinta años de trabajo, que logran construir un mundo.

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