CHELO MATESANZ | CRÍTICA DE ARTE

Para una relación entre el arte y la verdad

  • Chelo Matesanz reflexiona sobre la formación de la subjetividad y la figura materna en la galería Espacio Olvera

Una de las piezas que Matesanz dedica a su madre. Una de las piezas que Matesanz dedica a su madre.

Una de las piezas que Matesanz dedica a su madre.

Frente a la puerta, una tela tendida de lado a lado oculta el fondo de la galería. Por encima de la improvisada cortina nos miran los grandes ojos de una monumental cabeza. No sé si vigilan o acogen, si quieren advertirnos o cuidarnos, o tal vez quiera decir todo eso a la vez. No es una escultura al uso: es una tela cosida, montada en un armazón y en ella aparecen unas facciones (ojos, nariz, boca) duras pero de un rojo intenso. El título de la obra quizá resuma el alcance de la muestra: Cuando mi madre abre la boca yo pierdo la voz.

Nietzsche, en algún lugar, traza un contraste entre el pensador sutil y el artista apasionado. El primero tal vez emplee un elegante recurso para hablar de la verdad, mientras el segundo, si alguna vez topa con la verdad, se empeña en pensarla y vivir en ella. Tal actitud puede parecer ajena al artista, avezado al fin, sobre todo, a ejercitarse en la apariencia, pero su empeño por la verdad brota de la pasión: no es para él un ejercicio mental sino algo que le preocupa, le interesa, lo afecta. La verdad es, en suma, algo que importa. Estas ideas pueden servir de orientación en la muestra de Chelo Matesanz.

Porque esta artista nacida en Cantabria (Reinosa, 1964), formada en Euskadi (licenciada y doctora por la Universidad del País Vasco) y afincada en Galicia (profesora en la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra) vuelve la mirada en estas obras a un tiempo, más que pasado profundo, en el que se fue anudando, trenzando el vínculo que la unía a su madre y que propició y cimentó la formación de la subjetividad de la propia autora. Porque la subjetividad, esto es, la capacidad de precisar un saber, reconocer un gusto o elegir un amor (o rechazarlo) surge de una complicada urdimbre que ha ido tejiendo el afecto que la madre dispensa al hijo y tal vez con mayor alcance, a la hija. De ahí, esa relación ambivalente por la que la niña (la adolescente, la mujer) se siente vigilada y a veces fiscalizada, a la vez que se sabe cuidada, alimentada, protegida y resguardada. Dicen los expertos que el recién nacido mira pero no ve. Sólo distingue variantes de claridad. Vive en una suerte de bruma que se levanta poco a poco deshecha por los rasgos de la madre, la textura de su piel, su olor. No es exagerado decir que la formación de la mirada, que empieza a modelarse entonces, se madura y se consuma sobre ese suelo tejido por el afecto de modo que lo que siempre vemos y las cosas que no vemos (aunque estén ahí) crecen sobre un silencioso fondo emocional que nos sujeta a la vida.

Interior de Espacio Olvera con algunas de las obras expuestas. Interior de Espacio Olvera con algunas de las obras expuestas.

Interior de Espacio Olvera con algunas de las obras expuestas.

El año 2014 el Centro Gallego de Arte Contemporáneo revisó, en una exposición, la ejecutoria de Chelo Matesanz. No fue una retrospectiva al uso porque la autora, a la vez que exponía su trabajo, lo repensaba y sopesaba. Ese mismo afán de autoconocimiento (que el mismo Kant calificaba de infierno) hay en esta muestra, aunque con otra profundidad. La autora mira su pasado y lo examina, tras el fallecimiento de la madre. Si es cierto lo que llaman los psiquiatras el trauma del nacimiento, la muerte de la madre reitera ese sentimiento aunque más que soledad y desprotección produce una inquieta sensación de pérdida de raíces. En esa tesitura debe situarse la gran cabeza de la que hablé al principio y Mamá, la obra más pequeña que aparece a su izquierda: un fragmento de tela con aire de dibujo infantil, pegado a un soporte y rodeado por la autora con un marco pintado.

La obra de la artista cántabra invita a pensar en el valor de ciertas formas del arte textil

En la sala, a este lado de la cortina, hay una obra quizá de mayor alcance. Un marco cuadrado, ancho, forrado de tela con imágenes infantiles, rodea un tejido monocromo. El conjunto está enclaustrado en una funda de metacrilato, como si se quisiera guardar la pieza, apartarla, relegándola a la archivo, y a la vez mantenerla frente a la mirada. El título, Lo que no deja de no ocurrir, lo expresa de modo convincente.Miedos infantiles que pueden ser semillas de ciertas discriminaciones hacia las mujeres laten en la confluencia de significantes que sedimentan en Roban una niña, escultura u objeto colocado, no sobre una mesa, sino en un soporte de una virgen de candelero, ceñido por una falda de tela transparente.

Más importante a mi juicio es El perro es fiel, el gato es gris…, sobre una manta para niños con el diseño de una amazona hay bordado o tejido, las siluetas del cuento infantil, La ratita sabia: la narración familiar se impone al tópico de la cultura comercial. Es una obra que hace pensar, además, en el valor de ciertas formas del arte textil: el tejido, la costura, el bordado ¿no tienen la misma dignidad del dibujo? También sacan a la luz lo que se oculta en la materia y lo hacen devanando el tiempo, como sabiamente lo supo hacer Penélope. 

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