La maldición (The Grudge) | Crítica Terror sin memoria

Cada vez se acorta más la distancia entre los títulos fundacionales de una saga (de terror en este caso) y su correspondiente reboot para ganar nuevos y se supone más amplios públicos en sucesivas generaciones, síntoma inequívoco de que es mucho más rentable rehacer lo ya hecho que ponerse a pensar y crear de cero.

Es así que La maldición, que tuvo su parto dentro de aquel interesante J-Horror nipón de principios de siglo (Ju-on, 2000), y que ha conocido luego sucesivas entregas en Japón y Estados Unidos, algunas de ellas dirigidas incluso por el mismo Takashi Shimizu, regresa ahora como si nada, veinte años después, para agitar unos mismos fantasmas (femeninos) de larga cabellera negra, manos que se posan en las cabezas y efectos de sonido guturales en un presente detenido y casi abstracto que pretende acomodar en los barrios residenciales y entre las familias yanquis de clase media ese terror atmosférico, malsano, viscoso, metafísico y cocinado a fuego lento marca de la casa del original y otros títulos como Ring, Dark Watter, Audition o Kairo.

Con un prólogo en Tokio como guiño para fans veteranos de la franquicia, esta nueva Maldición ensombrece aún más su horizonte viral para pasar el relevo de la condena eterna a través de una narrativa de ida y vuelta en varios tiempos que refuerza la idea matriz de un mal destructor que no conoce descanso una vez que se ha atravesado el umbral de la casa. Así, entre escenarios nocturnos a contraluz, los inevitables sustos telegrafiados, efectos sonoros de ultratumba y una malsana concepción del contagio y la podredumbre de los cuerpos y el alma, la cinta que dirige Nicolas Pesce (The eyes of my mother, Piercing) apenas deja aire para respirar a unos personajes que, a pesar de su perplejidad e inocencia constante ante los acontecimientos más siniestros, están predestinados para su particular penitencia de dolor y muerte en vida desde el minuto uno de la trama.