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Fue la mano de Dios | Crítica

‘Fellineando’ Sorrentino logra su mejor obra desde 'La gran belleza'

Sorrentino vuelve a las raíces con 'Fue la mano de Dios'.

Sorrentino vuelve a las raíces con 'Fue la mano de Dios'.

Es un hecho que Paolo Sorrentino es absolutamente imprevisible en su capacidad para interesar, primero, entusiasmar, después, desorientar, más tarde, y tras ello decepcionar como si hubiésemos sido estafados por un tipo más hábil que creativo, más listo que inteligente y más superficialmente brillante que profundo. Interesó con El hombre de más (2001), Las consecuencias del amor (2004), El amigo de familia (2006) y sobre todo con esa poderosa caricatura de Giulio Andreotti titulada Il Divo (2008). Después decepcionó en su excursión americana Un lugar donde quedarse (2011), pero inmediatamente lo subsanó convirtiendo el interés en entusiasmo con La gran belleza (2013). ¡Fellini ha vuelto con este remake tuneado de La dolce vita! Pero no era así. En La juventud (2015) medio mantuvo el tipo posfelliniano y barroco/expresionista/bufonesco que, con peor resultado, intentó seguir manteniendo en la miniserie The Young Pope (2016). Tras ella llegó el batacazo de su largo díptico televisivo Loro 1 y Loro 2, comprimido después en el largometraje Silvio (y los otros) (2018), en el que intentó repetir la jugada de Andreotti con nefasto resultado. El peligro de lo grotesco, como sucede con todas las armas poderosas, es que se vuelva contra quien lo usa mal. No levantó cabeza con la secuela vaticana The New Pope (2020). Parecía que, al fin, lo de Sorrentino fue un deslumbramiento engañoso. Pero he aquí que Fue la mano de Dios desmonta esta negativa certeza y, vía Fellini otra vez, nos devuelve al mejor Sorrentino. Si en La gran belleza tuneó La dolce vita y en La juventud jugueteó con Fellini Ocho y medio aquí hace su personal Amarcord.

No son los 30, sino los 80. No es Rímini, sino Nápoles. Debe ser así porque lo que más le une a la obra maestra felliniana es la recreación del universo -nunca mejor dicho: para los napolitanos militantes Nápoles es un mundo más que una ciudad y un universo más que un mundo- de su juventud napolitana con un felliniano tono entre emocionado y colérico, crítico y tierno, caricaturesco y elegíaco.

Es cierto que Sorrentino, incluso en sus mejores momentos, está a años luz de Fellini (¿y quién no lo está?) como él mismo, honestamente, ha reconocido al inaugurar hace pocos días una exposición sobre el genio de Cinecittà en el Moma neoyorquino: "Quiero aclarar una cosa: Fellini era un genio y todos los que hemos venido tras él, yo incluido, solo somos vulgares imitadores". Pero también es cierto que fellineando Sorrentino ha logrado su más sincera y emotiva película, lo que no es poco en un tipo tan sospechosamente hinchado como un soufflé a veces sin relleno.

Sorrentino no rodaba en Nápoles desde El hombre de más. Veinte años y muchas películas después se reencuentra con su ciudad y, guardada en ella, con su juventud. He aquí la Nápoles que espera la llegada de Maradona como si de un dios se tratara. He aquí un adolescente que a veces siente el escalofrío del paso del tiempo. He aquí la estrambótica, feliz (o casi: no faltan las broncas ni los gritos) y extensa familia que en sí misma es un universo dentro del napolitano universo. He aquí al mismísimo Fellini (inteligentemente solo evocado por su voz) que deslumbra al protagonista ya decidido a ser un director y la conversación con el director napolitano Antonio Capuano. Y he aquí la tragedia (por desgracia real en la biografía del director) de la que le salvó Maradona, más que nunca mano de Dios. Todo terminará en un tren que parte hacia Roma (como en I vitelloni) y en una sonrisa (como en Le notti di Cabiria o La dolce vita). El joven que dejó Nápoles vuelve a su ciudad. Y el regreso le ha sentado bien.

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