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Titane | Crítica de cine

Adiós Descartes, hola transhumanismo

‘Titane’, la última (y controvertida) Palma de Oro de Cannes, ya está en los cines.

‘Titane’, la última (y controvertida) Palma de Oro de Cannes, ya está en los cines. / D. S.

Imposible saber si esta película interpreta en clave hiperbólica un mundo poshumano o transhumano, o si lo toma como pretexto (incluso lo celebra) para montar un apabullante, a ratos terrorífico y casi siempre desagradable espectáculo de pirotecnia visual con la evidente intención de transgredir e incomodar (¿o epatar al burgués?). Imposible saber incluso si hace las dos cosas a la vez. Lo que se cuenta parece aproximarla a lo primero. La forma en que se hace, a lo segundo. Hay bestialidades y tecno-bestialismo, crímenes sangrientos, partos más duros que el de Rosemary/Farrow, inverosimilitudes y extravagancias en las que la cámara se recrea y el diseño de producción y la fotografía envuelven en metros y metros de colorido papel celofán, creando una atmósfera poshumana o transhumana en la que –y esto es uno de sus puntos más interesantes, sobre todo en su segunda parte– siguen experimentándose sentimientos.

Si las antiguas distopías imaginaban mundos ahumanos, metálicos, ultrarracionales, felices y asépticos de los que –Bradbury, Huxley– han sido extirpadas esas fuentes de infelicidad que son los sentimientos gracias a la prohibición de los libros, la reproducción artificial y la hipnopedia, las modernas distopías nos han familiarizado con futuros sucios en los que los límites entre las máquinas y los humanos se diluyen (el único momento de emoción humana de la fundacional 2001 es la desconexión de HAL 9000, y en Blade Runner la agonía del androide). Que esta película se estrene en coincidencia con la celebración en Madrid del congreso Transvisión, acogido por el Colegio de Médicos madrileño, en el que se trata de la inmortalidad lograda a través de la ciencia, la criopreservación o la creación de seres a través de la unión de la biología, la robótica y la inteligencia artificial (el llamado transhumanismo: la mejora del ser humano a través de la técnica, los ciborgs formados por elementos orgánicos y cibernéticos) dice mucho sobre la oportunidad de lo que en ella parece tan desasosegantemente inoportuno o incluso cruel y efectistamente gratuito. De esto trata esta película que tiene un olvidado precedente –de culto entre los suyos– en Tetsuo: The Iron Man de Tskamoto (1989).

Titane está protagonizada por una niña a la que se le implanta una placa de titanio tras un accidente. Años después es una show girl que interactúa (y algo más) con las máquinas en salones ultramachos del automóvil, y una asesina que se defiende del acoso y acaba cogiéndole gusto a la cosa, y el hombre en el que decide convertirse para protegerse, y el falso hijo de un hombre desesperado tras perder al suyo… En el encuentro entre este hombre que se machaca para ser lo que se le pide que sea y esta mujer que se enmascara para no ser lo que le piden que sea está el núcleo dramático de esta gore, insoportable a ratos, groseramente transgresora (el recurso al asco para producir horror o desasosiego no suele ser una muestra de inteligencia, aunque a la directora no le falta), visualmente apabullante e intelectualmente interesante al presentar un futuro que cada vez es más presente. Aunque se coloca a años luz del intelectualismo y la razón (au revoir, Descartes) al optar por el sensacionalismo y la sensorialidad de un pesante aparato visual que a ratos le da un aire de videoclip de autor, a ratos de una ópera con escenografía queer y a ratos de un espectáculo de Le Grand Guignol si este aún existiera.

Reduce a Cronenberg y su ‘body horror’ al Michael Landon de ‘La casa de la pradera’

Ducournau no es una Mary Shelley del siglo XXI que fabule sobre lo que sucede cuando la ciencia transgrede ciertos límites. Por el contrario, se recrea buceando en el horror, lo macabro y lo desquiciado hasta encontrar hilos de sentimientos humanos, lo que lo hace todo aún más perturbador. Su película –con espectaculares interpretaciones de la debutante Agathe Rousselle y del gran Vincent Lindon– reduce a Cronenberg y su body horror o Nueva Carnalidad al Michael Landon de La casa de la pradera y Christine de King/Carpenter a Herbie el volante loco. Es su segunda película tras Crudo, ejercicio de feminismo caníbal. ¿Cuál será la tercera en este más difícil todavía en que se ha empeñado?

Ah, lo olvidaba: no me ha gustado. Pero esa es otra historia, que diría el Moustache de Irma la dulce.

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