Cómics

La Guerra, sin más

  • Èmile Bravo continúa narrando su particular versión de los avatares del botones que viste de rojo

Portada del cómic de Spirou. Portada del cómic de Spirou.

Portada del cómic de Spirou.

Aviso para navegantes: no inicies la lectura de esta reseña si antes no has leído Diario de un ingenuo,

primera entrega publicada por Dibbuks, en la que el autor galo Èmile Bravo traza con acierto momentos en la vida del joven Jean-Baptiste o, mejor dicho, Spirou, que hasta el momento nos eran desconocidos.

Para aquellos que sí disfrutaron de su lectura, un breve recordatorio. Conoceremos cómo el joven es expulsado por los curas de una casa de acogida tras defender a un compañero. Su próxima parada será el Hotel Moustic, donde va a vivir mil peripecias, mientras huye de las collejas del maltratador portero, Entresol.

Allí conocerá a dos personajes que van a marcar el resto de la historia, la joven camarera Kassandra, de la que se enamorará. Aunque, por desgracia, el romance sea demasiado breve, debido a las creencias religiosas y políticas de la muchacha. Los aires de guerra llegan a Bruselas, entre ellos una comisión polaca-alemana que tiene mucho por lo que discutir y cuyas conversaciones quieren ser oídas por cierto periodista de tres al cuarto, que se va a convertir en inesperado compañero de fatigas del joven pelirrojo. Su nombre, Fantasio.

Pues bien, saltamos a La esperanza pese a todo, título del segundo álbum, que nos sitúa en 1940, con una Europa golpeada por el irrefrenable puño nazi. Spirou vive desesperado por conocer qué le ha ocurrido a su amada Kassandra y Fantasio, como de costumbre, se esfuerza sobremanera por hacer las cosas mal.

Mucho va a ocurrir en esta nueva entrega. Los protagonistas van a conocer a algunos refugiados alemanes, como el pintor Félix y su encantadora esposa, Felka, que los van a ayudar en más de un momento.

Pero unas temibles nubes negras llegan a la ciudad, que será objetivo de los bombardeos alemanes, con el consabido caos que esto origina, obligando al dúo de protagonistas, con un Fantasio desertor por momentos, a salir de la urbe, sin un destino claro y un camino que se abre ante ellos, donde se van a encontrar con más de un problema aunque, eso sí, como señala su título, si hay algo que conservar siempre es la esperanza, la que nos hace encontrar a buenas personas que nos ayudan ante los sucesos más inesperados.

Y este hecho tomará forma también en el contenido de una misiva, la única con noticias de la joven desaparecida, cuyos problemas se acrecientan y que hace que el corazón de Spirou se encoja. Este joven que está aprendiendo a marchas forzadas cómo comportarse ante los variados e inesperados golpes que la vida nos asesta.

Émile Bravo ya demostró en su anterior obra como hacer suyo al personaje, rellenando huecos de su ya extensa biografía y metiéndolo de cabeza en una trama en la que el drama ocupa una buena parte, en unos tiempos en los que Europa recibió el mazazo más fuerte de su historia. Sin embargo, el autor sabe introducir momentos de respiro, sobre todo con ese contrapunto cómico llamado Fantasio, personaje patoso, que siempre se mete y mete en problemas a los que lo rodean (con un guiño estético a cierto familiar) y, como ya ocurría en el anterior álbum, un recordatorio al personaje creado por Hergé, con el que sus amigos los niños vuelven a confundir al pobre Spirou en un momento de la historia.

Historia ésta que nos deja con un tremendo e inesperado cliffhanger, deseosos de conocer el siguiente capítulo en la vida de este ingenuo que ya no lo es tanto.

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