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De libros

Diario de un fantasma

  • 'Mis peripecias en España'. Lev Trotski. Trad. Andrés Nin. Reino de Cordelia. Madrid, 2012. 181 págs. 15,95 euros.

En su Fin de un revolucionario, Valle-Inclan pone a Bakunin, visionario gigante y desdentado, a bordo de una goleta rumbo a Cádiz. Antes había imaginado a Salvoechea en los calabozos de la Puerta del Sol, donde lo encuentra Max Extrella. Quiere decirse que el anarquismo, el socialismo, las grandes fuerzas revolucionarias que abrumarían el XX, fueron un duradero escalofrío en las ciudades de Europa. Cádiz será, de hecho, el último contacto de Troski con tierra española. Sin embargo, cuando ponga la proa a Nueva York, ya habrá atravesado el continente, en los días de la Gran Guerra, como un espectro custodiado por las diversas policías, en busca de la frontera más cercana.

Troski firma el prólogo a estas páginas en 1929, desde su destierro turco. Allí redactará su Historia de la revolución rusa, tras la desafección de Stalin. No obstante, los hechos que se narran en Mis peripecias en España pertenecen al periodo que va de noviembre a diciembre de 1916; esto es, a los meses previos a la caída del zar y mientras Europa arde tras los Pirineos. El interés de dicho testimonio, aparte su irónico estupor, radica en la cercanía de la Revolución de octubre y en la situación española, cuya neutralidad ameniza los debates entre francófilos y germanófilos. Hay que subrayar que Troski, al entrar por Irún, ignora por completo el castellano. En consecuencia, su situación será la del observador puro, contaminado apenas por la charla inocua de sus custodios. Aun así, sus observaciones del carácter español tienen algo de pintoresco, fruto de sus lecturas de viajeros foráneos.

Al embarcar en Barcelona, Troski se topará con Arthur Cravan, el sobrino de Oscar Wilde, tras su célebre combate contra Jonhson en la monumental del Ensanche. Cravan perdió; y Troski lo reputa de coloso ocurrente y desertor. Esto sucede en la Navidad de 1916. Veinticuatro años más tarde, en agosto del 40, un barcelonés, Ramón Mercader del Río, lo asesinará con un piolet en la ciudad de Coyoacán, por orden del padrecito Stalin.

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