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'Le dedico mi silencio', la utopía criolla de Mario Vargas Llosa

  • El protagonista de la última novela del autor sueña con unir al Perú, en los peores años de la violencia de Sendero Luminoso, gracias a la música criolla y la biografía de Lalo Molfino, un guitarrista único

'Le dedico mi silencio', la utopía criolla de Mario Vargas Llosa

'Le dedico mi silencio', la utopía criolla de Mario Vargas Llosa / Fancesca Mantovani/Gallimard

Gracias a una afición bastante asentada en casa por María Dolores Pradera, me familiaricé desde pequeño con unas letras que podían ser, y desde luego en mi imaginación llegaban a ser, muy sugerentes, como La flor de la canela –"derramaba lisura / y a su paso dejaba / aroma de mixtura / que en el pecho llevaba"– o, sobre todo, Cardo o ceniza: "Cómo será el gemido y cómo el grito / al escapar mi vida entre la tuya / y cómo el letargo al que me entregue / cuando adormezca el sueño entre tu sueño". No sabía que esas canciones, música y letra, que yo escuchaba solo en la voz de la Pradera, no eran suyas, sino de una peruana de la aristocracia criolla llamada Chabuca Granda. Desde que me aprendí su nombre, no he dejado de escucharla. De todas las canciones de Chabuca, José Antonio me sigue pareciendo hoy la más enigmática –"el nervio tierno y alerta para el deseo del amo"–. José Antonio de Lavalle fue un criador de caballos amigo de la familia Granda; se asentó en mi imaginación rodeado de fusta, paso peruano y garúa, y creó la imagen de un hombre muy distinto al que ahora contemplo en fotos. Años después de ese primer encuentro con el berebere criollo, conocí en Madrid a una descendiente de José Antonio, que no se sorprendió de las fantasías que en mí había inspirado su bisabuelo. Aquella voz fascinante que dibujaba en silencio el movimiento de sus manos iba casi siempre acompañada por la guitarra de Óscar Avilés y el cajón de Caitro Soto. A este último, hijo espiritual de Chabuca y tan negro como blanca era ella, lo conocemos en España porque fue quien en 1977 le vendió a Paco de Lucía el rústico instrumento de madera que él mismo había fabricado, el cajón peruano que muy pocos meses después ya se habría convertido en el cajón flamenco. Este es el mundo apasionante de la música criolla del Perú, lleno de sugerencias y de mestizaje.

A él ha consagrado Mario Vargas Llosa su última novela –dicho por él mismo, porque ya no habrá más–, Le dedico mi silencio, publicada por Alfaguara. El aficionado, o el amante en general de la música popular, va a disfrutarla mucho, al menos como la he disfrutado yo; y por supuesto, quien quiera recordar qué era aquello de una narración firme y sólida, marca de la casa, también. Vargas Llosa sigue siendo, claro, el mismo de siempre. Mi padre, para convencerme en su momento de que Vargas Llosa era mejor que García Márquez, me dijo que, a diferencia del colombiano, aquel era capaz de escribir novelas diferentes entre sí, y que en cada una de ellas había siempre algo nuevo y distinto para el lector, algo que durante mucho tiempo fue un reto también para el propio escritor. Mi padre tenía razón, aunque yo necesitaba todavía unos años para comprenderlo cabalmente. Esta característica se ha atenuado, creo, con el paso del tiempo, pero cabría preguntarse qué importa eso cuando uno es Vargas Llosa y ha decidido que ya ha escrito su última novela.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En Le dedico mi silencio el lector se introduce en el universo del vals peruano a través de los ojos de Toño Azpilcueta, un investigador del folclore criollo obsesionado con Lalo Molfino, un joven guitarrista al que ha escuchado una sola vez, pero que lo ha impresionado hasta el punto de creer que en él se halla la única posibilidad de redención y reconstrucción de una nación echada a perder, "jodida" como en Conversación en La Catedral, por la corrupción, el racismo y el terrorismo. Son los años brutales de Sendero Luminoso, de Abimael Guzmán y de aquellas elecciones que perdió Vargas Llosa y ganó Fujimori. Azpilcueta, marginado del mundo académico y enfrentado a la intelectualidad peruana, se lanza a reconstruir la vida del guitarrista, que ha desaparecido después de alistarse en un grupo folclórico de gira. La música criolla, en los años del abyecto Pensamiento Gonzalo que iba desangrando sin piedad el campo, tenía la virtud, para Azpilcueta, de haber unido a todas las razas y a todas las clases del Perú y todavía podía devolverle su grandeza. La biografía de Lalo Molfino, que pronto se convierte en una historia general de la música criolla, puede servir para reconciliar al país. Azpilcueta recorrerá los lugares vinculados a ella y entrevistará a quienes conocieron al guitarrista, lidiando con su propia historia marcada por un miedo insondable a las ratas y al fracaso.

Le dedico mi silencio retoma algunos de los temas clásicos de la obra de Vargas Llosa: la política, la utopía, la fatalidad a que parece condenado el Perú…, con el aliento igualmente clásico de sus buenas novelas. Para el lector fiel, será un gusto leerla. El que, como yo, va y viene, encontrará en ella guiños a aquel estilo impredecible y único de la que para muchos es su mejor novela, Conversación en La Catedral. Sea como sea, la mirada de Vargas Llosa al mundo de la música criolla es muy interesante; al que ya conoce algo, le enseñará muchísimo; al nuevo, le descubrirá la elegancia y la finura, y también la melancolía y el dolor, de un género extraordinario.

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