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Años de hotel | Crítica

Un hijo del mundo

  • En estos artículos de Joseph Roth, seleccionados por Michael Hofmann, la Europa de entreguerras muestra ya las numerosas fuerzas que la conducirán al horror, la destrucción y el oprobio

Imagen de los escritores centroeuropeos Stefan Zweig y Joseph Roth Imagen de los escritores centroeuropeos Stefan Zweig y Joseph Roth

Imagen de los escritores centroeuropeos Stefan Zweig y Joseph Roth

En Joseph Roth se opera una sutil paradoja. Si bien es fácil identificarlo con el europeo conservador, con el burgués aplaciente, refinado e inquisitivo de la Mitteleuropa de entreguerras, lo cierto es que sus artículos y apreciaciones hoy nos parecen más actuales que aquéllos de sus contemporáneos de vanguardia. Vanguardias que compartieron su inclinación por la actualidad, pero no ese reposado escepticismo que ve, a través del hombre de hogaño, el despojo del antepasado y el esqueleto del hijo venidero. Pienso, por ejemplo, en Walter Benjamin y cuanto escribió en torno al arte, a la ciudad, a la incesante agitación de las masas, urgidas por la publicidad y la noche. Mucho de lo que escribió Benjamin hoy pertenece a una atroz e invulnerable arqueología, imposible de recuperar salvo como conocimiento ajado y aún así deslumbrante. Roth, sin embargo, carente de esa ambición analítica, espiga ejemplares humanos y los remite a una vaga y porosa tradición, sin que ésta borre la singularidad del hombre y lo reabsorba en una categoría ideológica: la raza, la masa u otras formas de lo numeroso, lo ciego y lo indistinto.

Roth sabe distinguir, no sólo aquello que declina, sino en nombre de qué categoría mueren las categorías de antaño

Como impronta de su obra, Roth muestra cierta predilección por destacar qué parte del hoy declina irremisiblemente ante sus ojos. Pero también exhibe una habilidad añadida o previa a tal preferencia: sabe distinguir en nombre de qué categoría mueren las categorías de antaño. En La marcha Radetzky, por ejemplo, será el viejo cosmopolitismo de las dos coronas quien muera lastrado e injuriado por el nacionalismo, de novísimo cuño, que culmina en la Gran Guerra. En estos artículos, sin embargo, no es sólo el friso de los nuevos "ismos" de entreguerra (nazismo, comunismo, fascio), el que Roth dispone ante el lector, como una fascinante y polimorfa plaga. También aquellos aledaños de la modernidad que son su condición de posibilidad, y que habilitarán esa exultación de lo físico, de lo salubre, de lo cinético, que moldeará el imaginario de la siguiente guerra. Cuando Roth deplore la nueva arquitectura de Magdeburgo, cuando lamente la intrusión de"la audaz frialdad deliberada del liso y neutro hormigón, tan burdamente enfático", no lo hará por una mera cuestión estética, acaso más cercana al Jugendstil de Mucha y su florida y tenue iridiscencia. Sino por cuanto ello implica en la propia concepción del hombre: "en la brutal intención de aprovechar todo el espacio, la luz y el aire, de ahorrar dinero y fomentar implacablemente la salud de personas, animales y máquinas".

Ahí reside, según Roth, "la arrogancia desaforada de esta época que no conoce freno". Pero para llegar ahí ha hecho falta el "Ornamento y delito" de Adolf Loos, ha tenido que existir la Bauhaus de Gropius, han sido necesarias una estética y una ética de las masas, urgidas por la publicidad, y cuyo entramado conocemos por Benjamin. Ha hecho falta, en suma, el electrizante Berlín de entreguerras y una nueva poética del hombre que Ortega califica como "deshumanizada", pero que no es sino la expresión última de la humanidad, henchida de utilitarismo, porvenirismo, maquinismo y cuantas formas adoptó la Europa de los 20/30. Los Paseos por Berlín de Hessel son, en este sentido, la contracrónica de estos Años de hotel de Roth, donde el escritor, antiguo súbdito de la Austria-Hungría, se declara "hijo del mundo". Y ello gracias, precisamente, a su preferencia por la cordial impersonalidad de los hoteles, donde se goza de una dulce y brumosa extranjería.

En buena medida, el ideal humano de Roth, un ideal crecido contra la robusta imbecilidad nacionalista, es este deslizarse, cauto y agradable, por los vestíbulos de Europa. Unos vestíbulos que, al margen del nuevo ideal arquitectónico, sean un breve santuario dedicado al esplendor, la civilidad y una suave y ornamentada magnificencia. Para Roth, un camarero de hotel es un refinadísimo producto cultural, destinado, como él mismo, a la extinción. Y sin embargo, no hay melancolía en Roth. Sólo un lento y seguro razonar, que se explica al tiempo que se extingue.

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