La historia del Grial | Crítica

Territorios del espíritu

  • Editadas póstumamente por su discípulo Evans Lansing Smith, las conferencias de Joseph Campbell sobre la materia de Bretaña abordan "la magia y el misterio" de la mitología artúrica

Wolfram von Eschenbach, ilustración del Codex Manesse, siglo XIV. Wolfram von Eschenbach, ilustración del Codex Manesse, siglo XIV.

Wolfram von Eschenbach, ilustración del Codex Manesse, siglo XIV.

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El amplio reflejo del ciclo artúrico en la cultura popular contemporánea, tanto en la literatura como en el cine o en el cómic, ha dado obras cimeras como el Valiant de Harold Foster, con sus hermosas viñetas y sus deliciosos anacronismos, y subproductos menos interesantes que si hablamos del Grial suelen tomar la forma de fantasías conspiranoicas donde nazis, templarios y rosacruces planean la dominación del mundo. Incluso en las recreaciones más burdas, sin embargo, se muestra la fuerza de un mito que ha atravesado los siglos y mantiene su poder de fascinación en una edad tan desacralizada como la nuestra, lo que nos lleva a preguntarnos con tanta más insistencia por su significado profundo. Ya lo hizo el gran estudioso Joseph Campbell en el volumen IV de su monumental tetralogía Las máscaras de Dios, titulado Mitología creativa, donde dedicaba varios capítulos a los personajes y las historias de la llamada materia de Bretaña, un prodigioso filón narrativo que floreció en la Baja Edad Media y ha tenido incontables desarrollos posteriores en las principales literaturas de Occidente. Publicado por la misma editorial Atalanta, que se ha propuesto recuperar su obra completa, La historia del Grial reúne los trabajos consagrados por el mitólogo estadounidense al que fue uno de sus primeros intereses, precedidos de un conmovedor prefacio de su discípulo Evans Lansing Smith, editor del volumen, en el que este evoca algunas de las vivencias compartidas con Campbell y señala que fueron los estudios artúricos los que llevaron al maestro, en su incansable rastreo de las fuentes, a sumergirse en las mitologías célticas y orientales.

El gran mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904-1987). El gran mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904-1987).

El gran mitólogo estadounidense Joseph Campbell (1904-1987).

Por su factura, el libro recuerda a otro de sus libros restituidos, Diosas, editado por Safron Rossi, también disponible en el catálogo de Atalanta e igualmente formado por clases o conferencias que no llegaron a ser publicadas, aunque leídas en conjunto forman una obra coherente que Smith ha dividido en tres partes, dedicadas a los fundamentos y antecedentes de los relatos del Grial, a los caballeros que emprendieron la búsqueda y, por último, a los temas y motivos del ciclo, seguidas de dos apéndices donde reproduce la tesina hasta ahora inédita de Campbell, un "Estudio sobre el golpe doloroso" (1927) que supuso su primera incursión en la materia, y la relación de libros sobre los relatos artúricos de la Edad Media que figuraban en su biblioteca. Para el autor, leemos al comienzo, el "maravilloso siglo" que va desde 1150 hasta 1250 es comparable –aunque casi dos mil años posterior– al que alumbró en la Antigüedad los relatos homéricos. Las leyendas artúricas medievales no nacieron por casualidad al mismo tiempo que se construían las grandes catedrales góticas, manifestaciones de un impulso creador que se sirvió del imaginario cristiano pero bebía de tradiciones muy anteriores y en particular del sustrato celta, que se superponía al más remoto pero todavía perceptible de los pueblos matriarcales, adoradores de la Diosa. Latinos, germanos y otras gentes indoeuropeas habrían aportado un repertorio identificable, con variaciones, en los numerosos descendientes del ancestro común, dentro y fuera del viejo continente.

Para Campbell, el siglo que va desde 1150 hasta 1250 es comparable al que alumbró los relatos homéricos

Del mismo modo que en Homero confluyen el tiempo histórico de la narración y el muy posterior en el que vivió el poeta, es decir el final de la edad micénica (s. XII a.C.) y el inicio de la época arcaica (s. VIII a.C.), el ciclo artúrico remite a un legendario caudillo britano del s. VI que habría resistido a los invasores sajones tras la retirada de los romanos de las Islas, pero el corpus elaborado en los siglos XII y XIII incorpora muchos elementos ajenos a ese contexto. La visión panorámica de Campbell, siempre atenta a los paralelismos, a los universales, a los rasgos recurrentes, a las raíces comunes de culturas muy alejadas, es especialmente adecuada para adentrarse en un marco tan rico, tan poblado de reminiscencias. Las notas de La historia del Grial son a veces reiterativas y otras se limitan a glosar las tramas, como hacen los buenos profesores ante su auditorio, pero el autor sabe transmitir "la magia y el misterio" que portan las figuras protagonistas de la primera "mitología secular" de la historia. Son especialmente brillantes las páginas dedicadas a los orígenes del cristianismo irlandés, a la religión del amor que cantaron trovadores y minnesänger o al Parzival de Wolfram von Eschenbach, que para el ensayista sería superior a la Comedia de Dante, pero también el capítulo que trata de Tristán e Isolda o el que aborda la imagen de la Tierra Baldía, que inspiró el famoso poema de T.S. Eliot. Como de costumbre, Campbell reivindica la eterna actualidad del mito y su lectura no literal, sino otra más lúcida y concerniente que lo interprete, de un modo no diferente al propuesto por los estudiosos de la alquimia u otras disciplinas arcanas, como un proceso de aprendizaje, crecimiento o transformación personal, en última instancia referido, con todas sus implicaciones psicológicas y morales, a los hoy desdeñados territorios del espíritu.

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