Los gangsters de Stalin | Crítica Los avisos de Trotski

  • 'Los gangster de Stalin' reúne las alegaciones que Trotski envió al juez que investigaba el primer intento de asesinato que el revolucionario sufrió

Lev Davídovich Bronstein, Leon Trotski (Bereslavka, Ucrania, 1879-Coyoacán, México, 1940). Lev Davídovich Bronstein, Leon Trotski (Bereslavka, Ucrania, 1879-Coyoacán, México, 1940).

Lev Davídovich Bronstein, Leon Trotski (Bereslavka, Ucrania, 1879-Coyoacán, México, 1940). / D. S.

"Ignorante, zafio, sin talento"; "negado para dirigirse a las multitudes"; "pigmeo intelectual"; "la mayor mediocridad del Partido". Así describe León Trotski a Stalin, según nos cuenta Anselmo Santos en Los gangsters de Stalin, donde recoge los testimonios del propio Trotski sobre el intento de asesinato que sufrió (sufrió dos: de uno escapó con vida; en el otro murió) y la connivencia de la prensa mexicana marxista en estos atentados. Se recopilan también diferentes documentos (notas, apelaciones, escritos...) que desde Coyoacán escribió el pensador comunista antes de ser aniquilado. Textos que poseen un notable valor testimonial, y que explican las horribles maniobras del régimen de la URSS para deshacerse de sus enemigos.

Santos, politólogo y especialista en la figura de Stalin, nos relata la personalidad de Trotski, un hombre "ilustrado, fascinante, el más brillante orador bolchevique", pero cuya "mayor lacra es la soberbia, la vanidad congénita, causante de otras carencias: la ceguera política y la huida de la realidad". Trotski participó en la Revolución, pero fue uno de tantos que vio –denunció– cómo Stalin y la oligarquía del poder comunista habían convertido la aspiración revolucionaria en una eficaz forma de concentración de la riqueza propia. Como en tantas revoluciones, quienes se dicen revolucionarios no buscan la transformación de las relaciones sociales y económicas, sino aprovechar ese contexto para situarse en una posición socialmente favorable. Trotski se atrevió a cuestionar las formas de Stalin y de sus seguidores, lo que le supuso un paulatino rechazo de estas élites de la Unión Soviética. Hasta que llegó el exilio. Primero en Turquía, luego en Europa y finalmente en México.

Es una lección de historia y de vida leer a Trotski narrando, con honestidad, este fracaso: "La Revolución de Octubre perseguía dos tareas conjuntas: primera, la socialización de los medios de producción y el aumento, mediante la economía planeada, del nivel económico del país; segunda, la creación, sobre esta base, de una sociedad sin diferencias de clase". Nos relata que el primer propósito se logró, pero que en la Unión Soviética persiste otro problema. Nos dice que "en lugar de acercarse al socialismo se aleja de él", pues "en virtud de causas históricas que no trataremos aquí, sobre las bases de la Revolución de Octubre se ha desarrollado una nueva casta privilegiada, que reconcentra en sus manos todo el poder y devora una parte cada vez mayor de la renta nacional". Por último, confiesa: "La situación de esta casta es profundamente contradictoria. Verbalmente actúa en nombre del comunismo; en realidad, lucha por su ilimitado poder y sus inmensos privilegios económicos". Conviene recordar estos testimonios, más aún cuando en contextos de crisis llega cualquier líder mesiánico a prometernos un horizonte idílico.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En el régimen estalinista, estas sinceras apreciaciones se correspondían con la represión o con el asesinato. Y así fue. El primer atentado contra Trotski se dio en México, en Coyoacán, adonde el líder bolchevique huyó. La prensa mexicana comunista buscó, según los escritos de Trotski, tergiversar los hechos. Se negó la participación de la policía secreta soviética, la GPU, y se difundió el rumor de que fue el propio Trotski el que simuló el atentado contra sí mismo. Trotski nos ofrece una relación entre las publicaciones de ideología comunista y la Komintern (la Internacional Comunista). Asegura la financiación de la URSS a los periódicos La Voz de México, El Popular y Futuro, que difundían la propaganda soviética y pretendieron convencer a la opinión pública de que el asalto a la casa de Trotski no fue preparado y perpetrado por la GPU, sino por espontáneos furiosos que lo consideraban un traidor a la clase trabajadora.

El 14 de mayo de 1940, es decir, diez días antes del primer atentado, Trotski se dirige "a los calumniadores profesionales de Futuro y de El Popular". En el texto se defiende de las acusaciones que los redactores de estas publicaciones vierten sobre él. Sobre estas calumnias, Trotski declara que "no tienen nada: ni hechos, ni datos, ni siquiera una acusación meditada. Sencillamente, mienten porque su amo del Kremlin les ordena hostigarme y cada uno de ellos trata de mostrar mayor descaro que su competidor".

Seguimos leyendo el relato de Trotski sobre la URSS y lo imaginamos desengañado del idealismo bolchevique, fracasado en sus aspiraciones y en sus ideas, prácticamente solo en el exilio mexicano. Asumiendo que todo por lo que luchó no ha sido más que un fraude, o peor: un régimen político totalitario cómplice del asesinato, la tortura y los más horribles crímenes. En una de las páginas del volumen relata que la escuela del estalinismo es "el cinismo ideológico y la desvergüenza moral". Y define a la URSS como el lugar "donde nadie se atreve a contradecir a Stalin o a sus colaboradores, el espíritu del servilismo, humillación y cinismo se extendió sobre toda la Komintern, envenenando hasta la médula el movimiento obrero".

Aunque quizá se hubiese agradecido una narración más fluida de los hechos –no tan fragmentada y en ocasiones repetitiva–, Los gangsters de Stalin constituye un volumen notable para adentrarse en los mecanismos del totalitarismo soviético. En sus páginas comprendemos, por la voz de uno de sus principales protagonistas, el horror que supuso para el mundo el régimen de Stalin.

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