La sombra del miedo | Crítica La escritura pueril

  • 'La sombra del miedo' es una expresión, enormemente disminuida, de un género literario en expansión, cual es el género negro escrito en el norte, y cuyas señas de identidad acaso sean la soledad extrema y el silencio

Imagen del escritor y abogado islandés Ragnar Jonasson. Imagen del escritor y abogado islandés Ragnar Jonasson.

Imagen del escritor y abogado islandés Ragnar Jonasson.

Llevados por un rapto de ingenuidad, decidimos atender las frases encomiásticas que ponderan La sombra del miedo de Ragnar Jonasson y lo señalan, no sólo como "el nuevo rey de la novela negra" (Grazia), sino como un escritor cuya obra es "más trepidante y sofisticada que las novelas de Agatha Christie". No hay tal, sin embargo. A la vista de su novela, parece poco probable que el señor Jonasson alcance alguna vez cualquier tipo de primacía literaria. Y en mucho menor grado, con la indiscutida eminencia de la señora Christie, quien supo añadir, a una inteligencia alegre, una refinada maldad y una mirada ácida y compasiva sobre la aristocracia británica de entreguerras.

Obviamente, podríamos señalar como maestros del noir hiperbóreo a los extraordinarios Mal Sjöwall y Per Wahlöö; maestros, a su vez, del malogrado Henning Mankell. Esto implicaría, sin embargo, un supuesto que no parece darse en La sombra del miedo, cual es la de encontrarnos ante un hecho de naturaleza literaria. Si hemos de vincular esta novela a su propia tradición, por vaga que ésta sea, habremos de situarla en la novela policial previa al hard boiled.

De hecho, La sombra del miedo es una versión pueril de aquellas novelas de ambiente único -varios sospechosos y un pueblo aislado por la nieve-, pero embutida en ese dramatismo silencioso, propio de Mankell. Y antes de Mankell, de Bergman, de Strindberg, de Kierkegaard... Y en definitiva, de todo ese arte nórdico, participado por la angustia, que llega, por ejemplo, a Edward Munch y su famoso El grito.

Entendemos que el señor Jonasson ha querido adscribirse a esta ancha tradición, cuyos frutos, sin embargo, no son dignos de un especial encomio. Describir la soledad, convertirla en personaje literario, no deja de ser una tarea literaria de primer orden. Añadirle a esta dificultad la magnitud psicológica de tal asunto, no hace sino agravar la complejidad de la empresa. Una empresa, reconozcámoslo así, que se halla fuera del alcance del señor Jonasson.

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