Malicia en el país de la política | Crítica Alicia se llama Malicia

  • Fino observador de la realidad, Valentí Puig regresa a las librerías con un compendio de citas, epítetos y máximas sobre la práctica maliciosa en política

El escritor mallorquín Valentí Puig (Palma, 1949).

El escritor mallorquín Valentí Puig (Palma, 1949). / D. S.

De Valentí Puig (Palma, 1949) siempre nos han gustado sus libres maneras. Librepensador, liberal incorrecto, humorado y, sobre todo, distanciado lo suficientemente de todo, incluso de sí mismo. Aunque novelista y bardo ocasional, a Valentí Puig lo conocemos mejor por sus virtudes probadas como articulista, ensayista y autor de dietarios (Ratas en el jardín o Memoria o caos, entre otros títulos).

Observador fino de la realidad, tarde o temprano tenía que entregarnos un libro como el presente. Versa sobre la malicia y la política, ese pleonasmo, y se titula impagablemente Malicia en el país de la política. La cuasi órfica criatura de Lewis Carroll nos dejó alguna que otra cita que siempre nos ha venido acompañando en el entretanto del tiempo. "¿Y si existe alguna manera de atravesar los espejos?", se preguntaba la damisela. Valentí Puig añade otra cita inquietante: "De nada sirve regresar al ayer, porque entonces era una persona diferente".

Este libro viene a ser un compendio de citas, epítetos y máximas sobre la práctica maliciosa en política. Ordenado alfabéticamente con sus entradas, lo que va del Absolutismo a la Vulgaridad, se recoge aquí un buen montón de citas de todo tiempo, pero relacionadas, como venimos diciendo, con el asunto o pleonasmo que nos trae. "Resultaría sobrehumano –escribe el autor– hacer política sin malicia y, en consecuencia, al escribir sobre la política es imprescindible la malicia, como es difícil practicar la virtud política sin recámara o comentarla sin sospecha".

Difícilmente escucharemos algo parecido en el actual Corral de la Pacheca del Parlamento español. Ideas aparte, con Mariano Rajoy probablemente acabó el último parlamentario mínimamente reseñable. El barbado Rajoy, como todos, ejerció de político según el retrato que sobre la escogida secta hiciera Quevedo: "Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir". Así seguimos estando hoy, no importa si con Sánchez o sin Sánchez, con Juanma Moreno o sin Juanma. Los políticos son los mismos en todas partes y hasta prometen construir un puente donde no hay un río (Nikita Khrushchev). Quizá debamos hacer caso a Pío Baroja y saber por experiencia que un político es un retórico a quien no hay que tener en cuenta y que el Gobierno que no haga nada es el mejor.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

En Italia, con sus habituales vacíos de gobernanza, suele decirse que el país marcha estupendamente cuando no hay gabinete al frente. Hablando precisamente del país de la bota, Valentí Puig parece compartir con nosotros cierta debilidad por la figura indeleble del democristiano Giulio Andreotti. Apodado El Divino y Belcebú, preferimos llamarlo de otra manera con permiso de la República lacustre de Venecia: la Serenísima. Lástima que la película fallida de Sorrentino sobre Andreotti lo mostrara, en consecuencia, fallidamente hiperbólico con las maneras de Toni Servillo (excepcional, en cambio, en La gran belleza). "Excepto de las guerras púnicas, para las que era muy joven, me han culpado de casi todo", vino a decir la Serenísima. Los intríngulis de Italia, por más que nos atraigan, siempre se nos escapan como polvillo entre las manos. El Divino ya lo advirtió: "No es fácil explicar nuestro país a los extranjeros. En Italia, los trenes más lentos se llaman rápidos y el Corriere della Sera sale por la mañana". A cuenta misma de los trenes, que parecieran reflejar la curiosa vértebra del país, el ínclito dirá también que "hay dos tipos de locos, los que se creen Napoleón y aquellos que se creen capaces de sanear la red italiana de ferrocarriles del Estado". Honore, pues, a Il Divo. 

En proporción a los muchos nulos y necios, pocos han sido los políticos que a lo largo de la historia han sido dignos de remembranza y elogio. Quizá sea porque "para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio" (Tácito). Abundan los traidores ("La traición es siempre una cuestión de fechas", dirá Talleyrand) y abundan los enemigos ("Hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partido", dirá también Konrad Adenauer).

Como sugiere el colega y amigo Fernando Iwasaki, quien no tiene sentido del humor es que tiene sentido del tumor. Por eso abundan las citas escogidas por Valentí Puig llenas de humor y retranca aliviadora. Golda Meir, en su día primera ministra de Israel y tercera mujer en el mundo en asumir tan alto cargo, se quejaba del irónico destino del pueblo elegido más allá de su ingénita tragedia. "Moisés nos arrastró cuarenta años por el desierto para traernos al único lugar en todo el Oriente Medio donde no hay petróleo".

De tanto lenguaje bobo e infecto, a menudo estamos tentados de descreer en la democracia (o en la versión a la baja de la que quieren hacernos partícipes). El menos malo de los sistemas malamente aceptados ya mostró sus carencias en tiempos remotos. Simone Weil recuerda que un gran ejemplo de decisión democrática propició la elección popular de liberar a Barrabás y crucificar a Jesús.

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