Más peligro que un CEO errante

el poliedro

En las corporaciones de cierta dimensión, abunda el tipo de jefe que pasa por polivalente, total y preclaro.

José Ignacio Rufino

23 de enero 2016 - 01:00

JOHN Kenneth Galbraith (1908-2006) fue un economista canadiense que no respondía al prototipo de sus pares norteamericanos. A pesar de ser un iconoclasta y denunciar las tendencias degenerativas en la genética del sistema capitalista, no sólo fue profesor de Harvard, sino embajador de Estados Unidos en la India y editor de Fortune. Un gentleman que, aun siendo economista, era un humanista culto. Excéntrico, que no extravagante, fue apreciado por el establishment. Desechó las corazas técnicas que tanto cobijo dan al tenido por sabio económico en un mundo exterior cuyo público no comprende nada de lo que hace y desconfía, Galbraith dejaba en un segundo plano a la Econometría o la Teoría Económica -territorios eminentemente teóricos-, y se decantó por el análisis de las consecuencias de la política económica en la sociedad. Desde ese interés ya comunicable y accesible a cualquier persona con una formación media, criticaba sin tecnicismos la realidad del sistema; sin ser ni mucho menos, ya se ha dicho, un antisistema. Su legado es clásico, o sea, está vigente a pesar del paso de varias décadas: criticó la codicia de un sector privado que aspira con denuedo a sustituir al sector público; denunció la excesiva desigualdad como corrosiva para la estabilidad y la salud social; advirtió de que las grandes corporaciones traen en sus entrañas las cadenas de la libertad de mercado y dinamitan de facto la libre competencia, y defendía la mayor virtud y conveniencia económica de las empresas familiares y medianas, siempre que no estuvieran manejadas por un acaparador de poder cuya agenda y planes personales primasen sobre los de la compañía y sus socios.

Concretamente, Galbraith reinterpretó un término, "tecnoestructura", indispensable para entender la corrupción no ya política, que también, sino la perversión funcional que sobre las propias empresas que dirigen perpetran muchos altos ejecutivos: economistas, ingenieros, juristas, expertos en marketing. En no pocos casos -la evocación de la realidad empresarial y bancaria española reciente es inevitable-, estos grandes directores, CEO, presidentes ejecutivos y virreyes funcionales transitan de gran empresa en gran empresa, vampirizándolas. Nos explicaremos con un ejemplo, digamos, ficticio. Un alto ejecutivo de una multinacional planetaria en fabricación y venta de bebidas refrescantes decide que ya está bien de trotar por el mundo, y comienza a planificar su regreso a casa desde su último y lejano destino. Una vez conseguido en la tarjeta el letrero "CEO" (siglas de máximo jefe), estos ejecutivos parecen poder ser eficaces en cualquier empresa, aunque, por ejemplo, su nuevo destino cerca de sus amigos de la infancia sea una empresa que produce aceite o coches. Puede forzar una indemnización de la productora de refrescos -quién si no va a poder-, y pacta un salario galáctico con la aceitera o cochera (sin gastar un euro propio a diario). En pocos años, se habrá forrado (o reforrado). Lo cual no es malo, siempre que, como es usual, el tecnócrata máximo decida que en su nueva empresa él debe dejar su huella, que para eso le pagan, y se dedique al cambio estratégico desde su preclara, total y polivalente visión empresarial. Y mee en los árboles corporativos, incluso en los que mejor enraizados están, con o sin tino y sentido. Y corte cabezas buenas y malas, y despida a gente necesaria o prescindible. Con el tiempo, conseguirá otra nueva indemnización. El Drácula corporativo global -y esto es lo peor- deja en no pocos casos una empresa peor que la que encontró. Ni siquiera habrá logrado el lampedusiano "que todo cambie para que todo siga igual". Y a otra cosa, mariposa. Abusando de la literatura: "Ande yo caliente, y ríase la gente".

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