Xavier Aldekoa | Periodista

"El populismo ve a un agresor en el inmigrante y es la víctima"

Xavier Aldekoa Xavier Aldekoa

Xavier Aldekoa / Juan Carlos Vázquez

Javier Morales Medina (Barcelona, 1981) firma sus crónicas periodísticas como Xavier Aldekoa y desde el principio en el oficio fijó su mirada en África. Su primer reportaje sobre el continente fue reproducir el diario del primer explorador que llegó a Tombuctú y pudo volver para contarlo. Freelance, publica habitualmente en La Vanguardia -donde también es columnista deportivo-, Gatopardo y colabora en varios medios audiovisuales. Es parte del equipo fundador de revista 5W, publicación que acaba de ganar el Premio Ortega y Gasset.

-Ahora informa como periodista especializado en África desde Europa, pero fue corresponsal...

-Seis años.

-... ¿La mirada es distinta, aunque haga viajes?

-Cuando estás demasiado tiempo en un sitio creo que la mirada se acostumbra a la sorpresa. Por eso lo que me gusta es moverme y cada mes viajo a un sitio diferente. Porque me di cuenta de cosas extraordinarias que dejaron de sorprenderme como debían.

-¿Ha viajado más de 40 veces a África?

-He visitado unos 40 o 45 países, pero las veces las dejé de contar, porque hay lugares a los que ido casi dos decenas de veces.

-¿Cada año entonces va 12 o 13 veces?

-Sí. A veces más, porque la curiosidad es lo que me impulsa a visitar cuantos más sitios, mejor.-¿La curiosidad también es el origen de Indestructibles, su último libro o son historia que la actualidad oculta?

-La curiosidad es un ingrediente sin el que no se puede ser reportero. Pero en Indestructibles lo que quería era explicar historias más allá de la herida. El presente que tengo delante más que la herida del pasado que causó esa víctima. Todos han conseguido pequeñas victorias, pero no me interesa encajarlos sólo en ese papel de víctima.

-¿Pero todas las historias logran conformar una personalidad de continente?

-Exacto. Sí, porque se trata de explicar lo extraordinario desde lo ordinario. Esos pequeños combates o victorias intento que permitan entender qué está pasando en África.

-¿África es muy diversa y compleja y desde Europa tendemos a verlo como una unidad, ¿no?

-Sí. Y es un error. Porque los himba de Namibia no tienen prácticamente nada que ver con un chico de Nairobi que paga las cosas con su móvil enlazado con su banco. O los nómadas fulanis de Senegal con la gente que vive en las tierras altas de Madagascar. La diversidad es tremenda en el continente y, además, no sólo lo vemos como uno, sino que sólo vemos lo negativo.

-¿África es el foco de nuevas economías emergentes? ¿Lo corrobora cuando va al continente?

-Ya está ocurriendo en algunos países. Voy a cumplir 18 años de cobertura sobre África y lo ves. Hay países que están creciendo muchísimo. Etiopía es un cañón. Angola, también. Qué decir de Sudáfrica. Lo que pasa es que paralelamente hay otros países que en los últimos años han caído en el pozo: Malí, República Centroafricana o Sudán del Sur.

-¿El desarrollo es muy desigual?

-Como continente, sí. Hay países como Angola, que aunque crecen mucho están generando mucha desigualdad y eso generará problemas. Por ejemplo, Etiopía está intentando lidiar con ello. Tiene una desigualdad enorme, pero se ha dado cuenta de que si no combina la eclosión económica con un aumento de los derechos humanos está condenada al fracaso.

-¿No sólo entre naciones, también entre personas?

-Entre sociedades, sí. En eso Sudáfrica es el ejemplo clarísimo. La N-1 es una carretera que separa el barrios de Alexandra, donde está el chabolismo más brutal, de Sandton, que es lugar donde más rascacielos, coches deportivos y riqueza he visto, mucho mayor de la que podemos ver en Sevilla o Barcelona.

-Muchos protagonistas del libro son niños. ¿Ser padre le ha llevado a fijarse más en esas historias?

-Probablemente sí. Creo que la empatía es verte reflejado en el otro. Siempre he querido crear ciertos puentes e invitar a la gente a que los cruce. No cambia mi cobertura, hasta dónde estoy dispuesto a llegar, pero algo si se modifica. La primera vez que vi niños desnutridos veía el horror que era, pero no lo que podía llegar a provocarte a ti como padre. Y cuando los vi siendo padre era más consciente del dolor que le provoca a la madre o al padre. Me di cuenta de las miradas de las madres. Antes sólo veía el horror del niño.

-Lo preguntaba por los muñecos de su hija que reciben menores africanos.

-Intenté llevar esa empatía a mi familia. Mi hija una de las primeras frases que dijo fue: "Papá, África no", porque me iba. Para evitarlo, intenté crear empatía a través de los muñecos y las fotos que le envío. Porque eso acabó provocando en ella preguntas, y eran interrogantes que me hacían también esos chavales cuando les enseñaba fotos de mi hija. Y te das cuenta de que no somos tan diferentes.

-¿Recetaría viajar a África para curar los populismos crecientes en Europa?

-Sí. Conocer al otro nos puede ayudar a cambiar la mirada. Cuando el miedo gana en Europa, creo que es más necesario que nunca. El populismo cambia el concepto de víctima, por ejemplo con los inmigrantes, que los convierten en agresores. Esos partidos nos sitúan como víctimas frente a ellos. Y no tener que justificarte es el sueño de los políticos.

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