Peter T. Leeson, Profesor de Economía y Derecho en la Universidad George Mason "La subasta de esposas en el siglo XIX beneficiaba a las mujeres infelices"

Peter T. Leeson. Peter T. Leeson.

Peter T. Leeson. / M.G.

Peter T. Leeson es profesor de Economía y Derecho en la universidad estadounidense George Mason. Es autor de varios libros, entre ellos, el éxito El garfio invisible: la economía oculta de los piratas (Innisfree, 2017). El portal on line Big Think le incluyó entre los "ocho economistas jóvenes más importantes del mundo". Su última obra es El gran circo de la economía (Deusto, 2019), donde hace un divertido recorrido histórico por las prácticas más estrambóticas buscando una explicación económica que las justifica.

-Aborda la economía de una forma muy peculiar.

-Mi enfoque es muy simple. La gente persigue sus objetivos lo mejor que puede dadas sus limitaciones. Sorprendentemente, ésa es la única herramienta teórica que explica económicamente el comportamiento humano. Hoy día puede contar con los dedos de la mano los economistas que comparten esta visión. En ese sentido, mi enfoque es inusual. Pero hace 50 años no era tan raro. En los 70, economistas reputados como Armen Alchian, Harold Demsetz, y Gordon Tullock lo practicaban. Desgraciadamente, pocos siguen con nosotros. Supongo que se podría decir que intento mantener la tradición.

-¿De verdad hay una explicación económica para prácticas tan estrambóticas como hervir a gente como castigo religioso?

-Veo una explicación económica para todo. A lo que se refiere es el proceso por agua hirviendo, popular en Europa durante la Edad Media. No era ni un castigo, sino un procedimiento legal para juzgar casos criminales. Si usted era acusado de cometer un crimen y no había testigos fiables, el tribunal le pedía que metiera el brazo en un caldero de agua hirviendo. Si se quemaba, era declarado culpable; si no, inocente. Como explico en El gran circo de la economía (Deusto, 2019), este procedimiento era una forma fiable de determinar la culpabilidad o la inocencia. Para comprobar cómo, sólo hay que resolver los incentivos que creaba.

-¿Así que no son absurdos?

-Al contrario, son brillantes.

-En su opinión, el juicio por combate no es una invención de Juego de Tronos, sino una solución inteligente para impartir justicia en la Edad Media.

-El juicio por combate se usó durante siglos para dirimir legalmente disputas sobre tierras. Si usted y yo reclamásemos la propiedad de una parcela y las pruebas no fueran concluyentes, el tribunal exigiría una pelea a nuestros representantes legales. Si su luchador vence, el tribunal le declararía propietario de la parcela en disputa, y viceversa. En mi libro explico la lógica económica de este procedimiento, que no era impartir justicia, sino hacer lo siguiente mejor que se puede hacer: un reparto eficiente de los derechos sobre la tierra. La clave es de nuevo comprender los incentivos que generaba el juicio por combate.

-Disculpe, pero no comparto su visión positiva sobre las subastas de esposas.

-Entonces debe tener un prejuicio que impide a las mujeres infelizmente casadas dejar sus matrimonios. Porque eso es lo que suponía la venta de mujeres en el siglo XIX: les permitían dejar unos matrimonios en los que se sentían desesperadamente atrapadas. Tener una visión negativa de las subastas de esposas del siglo XIX es como tener una opinión negativa sobre la manumisión. ¿De verdad preferiría que se le hubiera prohibido a los esclavos comprar su libertad? Espero que no. Esa lógica se aplica a la venta de esposas: ante una ley reprobable que las trataba como propiedad de sus maridos, las subastas beneficiaban a las esposas infelices permitiéndoles sortear la ley.

-¿Cuál es la práctica más rara que ha encontrado?

-Es difícil de decir. ¡Hay tantas! Pero el ritual de la tribu Khond de inmolar niños tiene que estar entre ellas. Durante siglos, una sociedad entera compraba niños secuestrados, celebraba una gran fiesta, y luego los despedazaba en nombre de su deidad. Mi investigación sugiere que esta práctica brutal también tiene perfecto sentido económicamente.

-Afirma que "la autogestión funciona mejor de lo que se piensa". ¿Es una justificación de la anarquía?

-Es una llamada al pensamiento basado en evidencias en vez de ilusiones. Si su compromiso con el Estado se basa en la creencia de que funciona bien, está equivocado. Empíricamente, los estados funcionales son la excepción, no la regla. Igualmente, si su objeción a la "anarquía" se basa en la creencia de que el típico entorno sin Estado es caótico y disfuncional, también se equivoca. Empíricamente, las "anarquías" funcionales y ordenadas son típicas, no unicornios. Es difícil llegar a una conclusión sensata si no conoce empíricamente cómo es la gobernanza sin Estado. En mi experiencia, una vez que lo averigua, su impresión sobre la autogestión se eleva inevitablemente porque casi todo el mundo parte de una estima demasiado alta del Estado y otra demasiado baja de la autogestión.

-También ha estudiado la economía de los piratas del siglo XVIII. ¿Ve un paralelismo entre la piratería y el capitalismo?

-Los veo como opuestos. La piratería destruía riqueza; consumían recursos para arrebatar a otra gente los suyos. Por el contrario, el capitalismo crea riqueza. Apple no roba a la sociedad, aporta. Por eso usted entrega su dinero a Apple voluntariamente, porque valora más lo que Apple le ofrece. El capitalismo es un sistema económico basado en estas relaciones mutuamente beneficiosas y voluntarias. La piratería se caracteriza involuntariamente por las relaciones de suma cero y, en ese sentido, se parece al socialismo.

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