elsa punset. filósofa y divulgadora

"Un exceso de optimismo también puede ser malo"

-El Libro de las pequeñas revoluciones. En gramática eso se llama oxímoron.

-La palabra revolución nos dice que hay un cambio. Pequeñas revoluciones es una forma de decir que se pueden conseguir grandes cambios con pequeños gestos. Revolución es una palabra que muchas veces asociamos con trauma, con dolor. Pero en el campo de los hábitos emocionales me gustaba ese contraste.

-El BBVA ha puesto en marcha una campaña con el lema Revolución de las pequeñas cosas. ¿Le han salido discípulos?

-Nos están copiando (ríe). Lo resumo con una frase de Aldous Huxley: "Sólo hay un rincón en el Universo que sabes que puedes mejorar y ése eres tú".

-¿Lo pequeño es grande?

-Lo dice Oscar Wilde: "Todos estamos en las alcantarillas, pero algunos miran a las estrellas".

-¿Somos animales sociales?

-La soledad es un mecanismo biológico. Con la revolución tecnológica, que nos abre las puertas a un mundo apasionante, hemos conseguido que el individuo por sí mismo sea capaz de hacer mucho bien y también mucho mal. Antes dependíamos más del grupo, del colectivo.

-¿El pensamiento doble es más fiable que el pensamiento único?

-Mi teoría es que hay que ser un poco optimista y un poco pesimista a la vez.

-La lluvia llena los pantanos y causa resfriados...

-Muy a menudo tendemos a pensar que nuestro cerebro ve la realidad y no es así. No es realista y la ve a través de la perspectiva. Un exceso de pesimismo es malo, pero un exceso de optimismo también. Bajamos la guardia ante los peligros y amenazas que nos rodean. Las emociones negativas tienen un lado positivo. La ira puede ser germen de justicia social y tu peor enemigo. La tristeza te puede causar depresión pero también te lleva a interiorizar las cosas. No hay que evitar determinadas emociones, sino aprender a gestionarlas.

-Le pide al lector que se imagine que es una mosca en la pared. Dámaso Alonso le dedica en Hijos de la ira un poema al moscardón azul...

-Se ve mejor la realidad como una mosca pegada en la pared. Para evitar lo que Daniel Coleman llama el secuestro emocional.

-¿Tenía razón James Bond en la película: Nunca digas nunca jamás?

-Hay palabras que no dejan lugar a la esperanza: nunca, siempre, nada, todo. Expresiones del tipo de siempre llegas tarde, nunca consigues hacer nada.

-¿Lo vemos todo y cada vez nos miramos menos?

-Es verdad. Es un mundo con tanta comunicación estamos cada vez más solos. Cada vez nos tocamos y nos miramos menos y ésas son cosas en las que las tecnologías no nos pueden reemplazar.

-Mandela parece que escuchó la canción de Jarcha: "No hay libertad sin cadenas...".

-Nelson Mandela explicó muy bien lo duro y difícil que puede ser la conquista de la libertad. "Cuando salí para ser libre, supe que si no dejaba atrás toda la ira, el odio y la amargura, seguiría encarcelado".

-¿Sabía que en el estadio donde lo enterraron marcó Iniesta el gol que le dio a España el Mundial?

-No soy muy futbolera.

-El futbolista mostró una camiseta de recuerdo a Dani Jarque...

-El ser humano tiene una personalidad muy compleja. Somos capaces de hacer sinfonías, construir catedrales y recordar a nuestros muertos. En el fondo, por encima de las diferencias culturales, compartimos las mismas emociones. Ese ejemplo de Iniesta es una pequeña revolución con un gran gesto que conlleva el agradecimiento, el recuerdo del amigo, lo efímera que es la vida. No somos lo que pensamos sino lo que sentimos.

-¿La rutina tiene mala prensa y peor literatura?

-El libro y el título se me ocurrieron en un aeropuerto al ver un libro titulado 500 rutinas para tener un cuerpo perfecto. Si esas rutinas nos podían servir para los hábitos físicos como dormir, comer o la higiene, ¿por qué no se podría hacer algo parecido con los hábitos emocionales? Tienen que ser hábitos repetidos, porque una hora en el gimnasio no sirve de nada.

-¿Sufrió el secuestro del padre ministro en el asalto del Congreso el 23-F?

-Tenía 17 años, estaba entre el instituto de Londres y la Universidad de Oxford. Mis padres eran exiliados políticos y teníamos una vida de familia de diplomáticos. Yo nací en Londres, mi hermana mayor en París, la pequeña en Nueva York, mi madre es francesa. Echas en falta una sensación de estabilidad pero al mismo tiempo te das cuenta de que al final las diferencias no son tan importantes.

-¿Creció en la multiculturalidad?

-Mi compañero (Francesc Guardans) me dijo que coincidieron en un acto el nuevo alcalde paquistaní de Londres y la alcaldesa gaditana de París.

-¿Qué lee la autora?

-Estoy con unas memorias de Carl Jung, uno de los sabios de Occidente. Leo muy poca ficción, con excepciones como Agatha Christie, a la que leo siempre en verano para encontrarme con una Inglaterra que ya no existe, y Jane Austen, que sin tener una educación formal es una maestra de la sensibilidad, el sentido del humor y la inteligencia en unas historias en las que nunca pasa nada, donde la gente se casa y se descasa, y las emociones están a flor de piel.

-¿Su vida es una rutina?

-Debo reconocer que nada rutinaria, aunque sí practico muchas rutinas físicas y emocionales. La vida es demasiado corta. Es sobrecogedor lo que dice Anna Frank: "Qué maravilloso es que nadie tenga que esperar un solo momento para empezar a mejorar el mundo". Con 13 años y a punto de entrar en un campo de concentración.

-¿Las ciudades de la ciudadana del mundo?

-Londres, Nueva York y Puerto Príncipe, en Haití. Me eduqué en el Liceo Francés y recuerdo el idioma de ese país, su música, sus costumbres. Enfrente de nuestra casa vivía un doctor que hacía vudú.

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